Nuestra sociedad contemporánea, en su esencia, no es distinta de las antiguas. Cada cultura está dominada por su propio conjunto de ídolos. Cada una tiene sus "sacerdocios", sus tótems y sus rituales. Cada una tiene sus santuarios (pueden ser complejos de oficinas, spas y gimnasios, estudios o estadios) donde hay que presentar sacrificios para obtener las bendiciones de la buena vida y eludir las catástrofes. ¿Qué son los dioses de la belleza, el poder, el dinero y el éxito sino aquellas mismas cosas que han asumido unas proporciones míticas en nuestras vidas individuales y en nuestras sociedades? Es posible que no nos arrodillemos fisicamente ante la estatua de Afrodita, pero hoy día son muchas las jóvenes que caen en depresiones y en trastornos alimentarios porque sienten una preocupación desmedida por su imagen fisica. Seguramente, no encendemos incienso para Artemisa, pero, cuando el dinero y la carrera profesional alcanzan dimensiones cósmicas, realizamos una especie de sacrificio de niños, olvidando a la familia y a la comunidad para alcanzar un estrato empresarial superior y obtener más dinero y prestigio.
Después de que el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, destruyera su carrera debido a su participación en un negocio de prostitución de lujo, David Brooks comentó cómo nuestra cultura ha dado a luz a una clase de emprendedores de éxito que manifiestan "desequilibrios relativos al rango profesional". Tienen las habilidades sociales para mantener relaciones verticales, para mejorar su rango entre sus mentores y sus jefes, pero carecen de la capacidad de formar vínculos genuinos en las relaciones horizontales con sus cónyuges, sus amigos y sus familiares. "Son incontables los candidatos a la Presidencia que afirman que se presentan por amor a sus familias, a pesar de que se han pasado la vida dedicados a hacer campaña, lejos de ellas." A medida que pasan los años, llegan a la desalentadora conclusión de que "su grandeza no les basta, y que se sienten solos". Muchos de sus hijos y sus cónyuges están alienados de ellos. Intentan curar la herida, tienen aventuras sentimentales o recurren a otras medidas desesperadas para calmar su vaciedad interior. Entonces, llega la destrucción de la familia, el escándalo o ambas cosas.
Lo habían sacrificado todo al dios del éxito, pero no fue suficiente. En la antigüedad, las deidades estaban sedientas de sangre y costaba mucho aplacarlas. Y no han cambiado.
Extraído del libro Dioses que fallan, por Timothy Keller.