Para el mundo contemporáneo, el término idolatría trae a la mente la imagen de un pueblo primitivo que se postra ante una estatua. El libro bíblico de Hechos, en el Nuevo Testamento, contiene descripciones vívidas de las culturas existentes en el mundo grecorromano. Cada ciudad adoraba a sus dioses favoritos y les construía templos en las que depositar sus imágenes para adorarlas. Cuando Pablo acudió a Atenas, vio que estaba literalmente llena de imágenes de aquellas divinidades (Hch. 17:16). El Partenón dedicado a Atenea destacaba por encima de los demás, pero en todos los espacios públicos había representadas otras deidades. Estaba Afrodita, la diosa de la belleza; Ares, el dios de la guerra; Artemisa, la diosa de la fertilidad y de la riqueza; Hefesto, el dios de la artesanía.

Nuestra sociedad contemporánea, en su esencia, no es distinta de las antiguas. Cada cultura está dominada por su propio conjunto de ídolos. Cada una tiene sus "sacerdocios", sus tótems y sus rituales. Cada una tiene sus santuarios (pueden ser complejos de oficinas, spas y gimnasios, estudios o estadios) donde hay que presentar sacrificios para obtener las bendiciones de la buena vida y eludir las catástrofes. ¿Qué son los dioses de la belleza, el poder, el dinero y el éxito sino aquellas mismas cosas que han asumido unas proporciones míticas en nuestras vidas individuales y en nuestras sociedades? Es posible que no nos arrodillemos fisicamente ante la estatua de Afrodita, pero hoy día son muchas las jóvenes que caen en depresiones y en trastornos alimentarios porque sienten una preocupación desmedida por su imagen fisica. Seguramente, no encendemos incienso para Artemisa, pero, cuando el dinero y la carrera profesional alcanzan dimensiones cósmicas, realizamos una especie de sacrificio de niños, olvidando a la familia y a la comunidad para alcanzar un estrato empresarial superior y obtener más dinero y prestigio.

Después de que el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, destruyera su carrera debido a su participación en un negocio de prostitución de lujo, David Brooks comentó cómo nuestra cultura ha dado a luz a una clase de emprendedores de éxito que manifiestan "desequilibrios relativos al rango profesional". Tienen las habilidades sociales para mantener relaciones verticales, para mejorar su rango entre sus mentores y sus jefes, pero carecen de la capacidad de formar vínculos genuinos en las relaciones horizontales con sus cónyuges, sus amigos y sus familiares. "Son incontables los candidatos a la Presidencia que afirman que se presentan por amor a sus familias, a pesar de que se han pasado la vida dedicados a hacer campaña, lejos de ellas." A medida que pasan los años, llegan a la desalentadora conclusión de que "su grandeza no les basta, y que se sienten solos". Muchos de sus hijos y sus cónyuges están alienados de ellos. Intentan curar la herida, tienen aventuras sentimentales o recurren a otras medidas desesperadas para calmar su vaciedad interior. Entonces, llega la destrucción de la familia, el escándalo o ambas cosas.

Lo habían sacrificado todo al dios del éxito, pero no fue suficiente. En la antigüedad, las deidades estaban sedientas de sangre y costaba mucho aplacarlas. Y no han cambiado.

Extraído del libro Dioses que fallan, por Timothy Keller.