«Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: Yo sé tus obras y dónde habitas, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y asimismo tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaitas, la que yo aborrezco. Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vengo a ti en seguida, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza, le daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, e inscrito en la piedrecita un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino el que lo recibe» (Apocalipsis 2:12-17).
Hablamos de Efeso; Cristo tenía contra ella que había dejado su primer amor, y El le quitó su candelero, y ahora no hay ni un cristiano en Efeso. Hablamos de Esmirna, en la cual ni aun el ojo de Cristo vio nada a reprender; y llegamos a Pérgamo, en la cual vio algo que podía aprobar y algo que reprender. Jesús dice de ella que es donde Satanás tiene su sede, o, como debería ser, su trono. Pérgamo era la capital de una de las provincias del Asia Menor; era una ciudad muy floreciente; había muchas riquezas allí, y era allíque vivía el rey; era la sede de mucho conocimiento e ilustración. Había una biblioteca con doscientos mil libros. Era en Pérgamo que se hacía el pergamino, y de ahí el nombre. Era un lugar de riquezas, de realeza y de cultura, y, no obstante, allí estaba el trono de Satanás; y así ocurre con frecuencia, que donde hay riquezas o mucha sabiduría humana es donde se congregan los diablos. Jesús dijo de Esmirna: «Sé tus obras, y tribulación, y pobreza (pero eres rico).» Mas es muy diferente en Pérgamo. Cristo quitó el candelero de Éfeso, pero no hizo lo mismo con Pérgamo. Dijo: «Si no te arrepientes, iré a ti en seguida, y pelearé contra ti con la espada de mi boca»; y, así, Pérgamo persiste hasta este día. El último viajero que fue allí, en 1820, nos dice que había quince mil habitantes, y la décima parte de ellos eran nominalmente cristianos; que había dos iglesias; así que la lámpara está ardiendo allí, aunque con poca luz.
1. Pero veamos ahora el carácter que Cristo adopta aquí. Adopta siempre un carácter apropiado a la iglesia a la que escribe. Dice: «El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto.» Los antiguos teólogos afirman que esta espada de dos filos es la gracia; debido a esto dicen que la gracia no puede salir de ninguna otra boca salvo la de Cristo; y toman este pasaje: «Eres el más hermoso de los hijos de los hombres, la gracia sale de tus labios»; y éste, en el Cantar de los Cantares: «Tu boca es muy dulce, sí, y Él es muy hermoso.» Y la espada tiene dos filos; el uno redarguye de pecado, el otro da paz; el uno rasga el velo que esconde tus pecados de ti mismo, el otro rasga el velo que esconde a Cristo de ti y te lo revela; un filo hiere el alma, el otro muestra al Médico y deja que su ungüento curativo fluya sobre tu alma herida. Aquellos a quienes les guste la forma en que lo explicaban los antiguos teólogos pueden retener la idea. Pero ahora esta espada se considera como una espada de juicio. Leed conmigo el capítulo 19 del Apocalipsis, el versículo 11; «Entonces vi el cielo abierto; y he aquíun caballo blanco, y el que lo montaba se llama Fiel y Verdadero, el cual con justicia juzga y pelea. Sus ojos son como llama de fuego, y sobre su cabeza hay muchas diademas; y tiene un nombre escrito que ninguno conoce sino él mismo. Está vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE Dios. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y Él las pastoreará con vara de hierro; y Él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.» Dice aquí que de su boca sale la espada que golpeará a las naciones; y en el capítulo 4 de Hebreos, versículo 11, está escrito: «Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga, imitando este ejemplo de desobediencia. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Lo que saco de esto es que Cristo tiene dos caracteres: Él es el Salvador, y también el Destructor; Él es el Salvador ahora, pero Él un día va a herir a las naciones. Lo que deseo es que ahora queráis ser redargüidos por esta espada y alcancéis la paz por medio de ella, y un día no tengáis que caer bajo ella.
2. Vayamos ahora al encargo que Cristo da a la iglesia de Pérgamo. Su peligro: «Yo sé tus obras y dónde habitas, donde está el trono de Satanás.» Esto es muy consolador, que un creyente no pueda ir a ningún lugar que Jesús no conozca. ¿Vives en una familia impía, un lirio entre muchos espinos? Cristo te dice: Sé dónde vives. ¿Vives en una vecindad impía? Cristo te dice: Sé dónde vives, donde está el trono de Satanás. El diablo tenía su trono en Pérgamo, y ¿no está también en esta ciudad? Él tiene su corte aquí; tiene muchos embajadores; empuña su cetro aquí. ¿Por qué muchos se muestran en-durecidos a la palabra sino por el poder del diablo? ¿Por qué muchos se quedan lejos de la casa de Dios si no es por su poder? Se ha notado muchas veces que en muchos lugares, por amor a los cristianos que han estado en un sitio antes, Dios preserva allí una semilla. Así fue con Pérgamo; había algunos cristianos fieles allí, y hay todavía algunos cristianos; y ésta es, quizá, la razón por la que Dios está preservando unos pocos creyentes aquí, porque ha habido en un tiempo hombres fieles en este lugar: la lámpara sigue ardiendo todavía, aunque oscuramente.
3. Veamos lo que Cristo dice en su elogio. «Pero retienes mi nombre»: retienes firmemente el nombre de Jesús; y de nuevo: «no has negado mi fe». Éste es el gran secreto, tener comunión de cerca con Dios; no hay nada que pueda dar tanto valor y audacia como esto. Se dice que la justicia es audaz como un león; mantente cerca de Cristo, aférrate a Él; o, mejor, deja que Él tenga tu mano. «Ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. ¿Quién era Antipas? ¿Quién ha oído hablar de él? ¿Quién es? No se menciona su nombre en ningún otro libro, le hemos olvidado completamente; pero Cristo re»-cuerda su nombre, está escrito en su corazón. «¡Mi testigo fiel. Antipas!» Quizás hay algunos creyentes entre vosotros que son muy pobres que nunca han ido más lejos que media milla de su casa que cuando salen no ven ni a doce personas que vosotros podáis pensar que van a derramar una lágrima sobre la tumba de ellos; pero Jesús los conoce: Él ha escrito sus nombres sobre su corazón. Y con frecuencia me maravillo de que tan pronto nos olvidemos los unos de los otros. En nuestra pequeña compañía de cristianos algunos ya han sido llamados; y aunque a veces pensamos en ellos, cuando recordamos sus rostros y la forma en que escuchaban la palabra, pues eran muy buenos cristianos, sin embargo, ¡cuan poco los recordamos!, ¡cuan pronto los olvidamos! Esto es lo que quiere decir cuando manifiesta: «El justo será tenido en perpetua memoria»; que su nombre está escrito en el corazón de Jesús y que Él sabe su nombre: «¡Mi Antipas, mi testigo fiel!»
Pero Cristo tenía algo de que reprenderles.
<<Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Ba-laam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación». Balaam no se atrevió a maldecir a Israel cuando Dios le había bendecido, pero hizo que Balac pusiera una piedra de tropiezo delante de ellos. Y ¿no hay algunos de nosotros, algunos de vosotros, que tenéis respeto a las ordenanzas sagradas, la palabra predicada, el pan y el vino, que no os atrevéis a oponeros abiertamente a los cristianos, pero que ponéis barreras en su camino? «Y asimismo tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, que yo aborrezco.» Y ¿hay algunos de vosotros que tenéis en vuestra casa a algunos que no son cristianos? Padre, puede que vosotros seáis cristianos; pero si habláis sólo a vuestros hijos, sois como el viejo Elí, que hablaba a sus hijos, pero no les puso restricción. ¿Hay algunos de vosotros que tenéis por compañeros a los que sostienen la doctrina de los nicolaítas? Cuidado, éste es el pecado de Pérgamo. Decidles: «Apartaos de mí, porque Dios ha oído la voz de mi clamor.» Y ¿cuál es el juicio con que los amenaza Cristo? Dice: «Arrepentios, pues si no, vengo a ti en seguida, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca».
4. Y, finalmente, ¿cuál es ja recompensa para los que venzan? «Al que venza le daré a comer del maná escondido». Hallaréis la explicación de esto en el capítulo 16 del Éxodo: «Y la casa de Israel lo llamó Maná; y era como semilla de culantro, blanco, y su sabor como de hojuelas con miel. Y dijo Moisés: Esto es lo que Jehová ha mandado: Llenad un omer de él y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto. Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un omer de maná, y ponió delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes. Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés. Asícomieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán.» Y asíCristo es el maná escondido: El está escondido de nosotros ahora mismo, pero tendremos que comer del maná escondido, nos alimentaremos de Cristo. Él dice: Me daré a vosotros a mí mismo. ¿Y qué más podría darnos? Además: «Le daré una pie-drecita blanca, e inscrito en la piedrecita, un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino el que lo recibe.» En los juegos de Grecia, los que ganaban la carrera recibían una piedrecita blanca, y había un nombre escrito en ella que nadie conocía sino la persona que lo recibía; y así, sí vencemos, recibiremos una piedra blanca; pero la recibiremos ya aquí, porque ¿quién conoce la paz de que disfruta el creyente? Los otros no saben nada de ella; ningún hombre puede saber, sino aquellos cuyos pecados han sido perdonados, en qué consiste el tenerlos perdonados. El mundo cree que tenemos un temperamento sombrío o triste y no quiere unirse a nosotros; nuestro aspecto es solemne, pero ellos no conocen la paz que hay dentro. ¡Oh!, pues, almas ansiosas, venid a Cristo, y tendréis también esta paz. Además los creyentes van a recibir una pie-drecita blanca. ¡Oh!, ¿quién puede decir la paz que tendremos cuando Cristo ponga sobre nuestra cabeza una corona? ¡Oh!, ¿quién puede decir el gozo que embargará nuestro pecho cuando sintamos nuestros corazones limpios, cuando veamos que estamos vestidos de vestiduras blancas, de lino limpio y blanco, que es la justicia de los santos? Nadie puede conocer esta paz salvo el que la tiene. Los que están a la izquierda del Juez no saben nada de esto. Estamos en plena campaña ahora, pero ¿no vale la pena correr la carrera? Hemos de vencer, y comeremos el maná escondido, obtendremos una piedrecita blanca, y en la piedra un nombre escrito que nadie conocerá sino el que recibe la piedra.
Extraído del libro "Las Siete Iglesias de Asia", de Robert Murray M'Cheyne.