Debe ser motivo de gran preocupación saber si vivimos en un estado de pecado. Toda persona sin regenerar vive en el pecado. Nacemos bajo el poder y el dominio del pecado, estamos vendidos al pecado; todo pecador inconverso es un siervo dedicado al pecado y a Satanás.
Deberíamos considerar de extrema importancia saber en qué estado nos encontramos, si se ha obrado algún cambio en nuestros corazones desde el pecado a la santidad o si aún seguimos en hiel de amargura y en prisión de maldad; si cada pecado en nosotros está verdaderamente mortificado; si vivimos en el pecado de la incredulidad y el rechazo del Salvador.
En eso es en lo que insiste el apóstol a los corintios: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» (2 Co 13:5). Quienes albergan la idea y la esperanza de que son piadosos deben tener mucho cuidado de asegurarse de que su fundamento es cierto.
Quienes duden no deben descansar hasta estar completamente seguros. Todo inconverso vive en un camino de pecado. No es solo que viva en alguna práctica maligna concreta, sino que todo el curso de su vida es pecaminoso. Los pensamientos de su corazón son el mal continuo. No solo practica el mal, sino que no hace lo bueno: «Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Sal 14:3).
(De Christian Cautions, or the Necessity of Self-Examination», p. 174).
