Después volvió a salir al mar; y toda la gente venía a él, y les enseñaba. Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió. Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos; porque había muchos que le habían seguido. Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a Ilamar a justos, sino a pecadores. (2:13-17)
La Biblia es clara en que la salvación no puede ganarse por medio de buenas obras, méritos personales, o cualquier forma de justicia propia (cp. Tit. 3:5-7). El logro humano no puede obtener la salvación, ya que hasta las mejores obras de las personas no redimidas son "como trapo de inmundicia" delante del Dios santo (Is. 64:6). Solo el poder del logro divino puede proporcionar perdón para el pecado y la esperanza de la vida eterna en el cielo (cp. Ro. 1:16). Lo que seres humanos pecadores no pueden hacer por medio de sus propios esfuerzos, Dios lo hizo al enviar "a su Hijo en semejanza de carne de pecado" (Ro. 8:3). El mensaje del evangelio se centra en la verdad de "que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (1 Co. 15:3; cp. Gá 1:4; Ef. 1:7; 5:2; 1 P. 2:24; 3:18; 1 Jn. 2:2; Ap. 1:5), "para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn. 3:16; cp. 11:25-26; 20:31; Hch. 16:31; Ro. 10:9). Por medio de su muerte en la cruz, el Señor Jesús pagó el castigo por el pecado de quienes habrían de creer en Él, a fin de que puedan ser reconciliados con Dios. Aquel que fue totalmente sin pecado se convirtió en el portador de pecado "para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Co. 5:21). Los pecados de los redimidos fueron imputados a Cristo en la cruz, donde padeció por ellos como sacrificio sustitutivo (cp. 1 P. 2:24). Por el contrario, a través de la fe, la justicia de Cristo es imputada a los redimidos, de modo que son declarados justos por Dios mismo (cp. Ro. 4:5-6; 5:19). Los creyentes han sido "justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Ro. 3:24). De ahí que la salvación sea totalmente "por gracia... por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2:8-9; cp. 2 Ti. 1:9).
Aunque el mensaje de salvación está claramente expuesto en la Biblia, muchos falsos maestros a lo largo de la historia (empezando con los primeros legalistas como los judaizantes [cp. Hch. 15:1, 5]) han tratado de añadir obras humanas al evangelio de la gracia. Las obras de justicia no son compatibles con la obra misericordiosa de Dios del perdón divino. Refiriéndose a la salvación, así lo explicó Pablo en Romanos 11:6: "Si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia". Quienes distorsionan el evangelio al insistir que las buenas obras son necesarias para la justificación se ponen fuera de la ortodoxia bíblica. En respuesta a tales individuos, Pablo advirtió a los Gálatas:
Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema (Gá. 1:6-9).
En pocas palabras, un evangelio basado en logros humanos y en esfuerzos de justicia propia es un evangelio falso. La salvación viene solo de la justicia de Dios que nos justifica, disponible por medio de la obra suficiente de Cristo en la cruz.
Los escribas y fariseos representan la personificación de la justicia propia legalista de la época de Jesús. En gran manera como resultado de la influencia que tenían, la religión de Israel del siglo i se había deteriorado en un sistema basado en obras obsesionado con observar rituales externos y cumplir con tradiciones de creación humana. Los dirigentes religiosos apóstatas enseñaban que una posición justa delante de Dios debía ganarse con esfuerzo propio. El apóstol Pablo, él mismo un exfariseo, lamentó esa realidad en Romanos 9:31-32: "Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo". Al confiar en su justicia propia, la élite religiosa de Israel se negó a reconocer su condición espiritual precaria, de que sufría bancarrota, esclavitud y ceguera espiritual (cp. Lc. 4:18).
La ironía de la justicia propia es que condena a la verdadera justicia. En ninguna parte se ilustra más claramente ese principio que en la acusación que los fariseos hicieron a Jesús. Ellos se medían espiritualmente no solo en cuanto a la adhesión externa a la ley del Antiguo Testamento, sino también a tradiciones de confección humana (Mr. 10:20). Cuando Jesús no mostró interés en conformarse a reglas y restricciones no bíblicas, los escribas y fariseos lo acusaron de no ser santo (cp. Mt. 12:22-24). Para defender su postura, se referían a Él burlonamente como "amigo de publicanos y de pecadores" (Mt. 11:19; Lc. 7:34; cp. 15:1-2). Ningún epíteto podía haber sido más sarcástico. Como aquellos que definían su santidad en términos de separación de los pecadores, los fariseos consideraban enemigos de Dios a cualquiera que se hiciera amigo de los pecadores (cp. Lc. 7:39). Entonces rechazaron a Jesús porque Él no temía relacionarse con aquellos a quienes ellos consideraban inmundos y repugnantes. Lo que los fariseos consideraban como un escándalo en realidad era la demostración definitiva de la gracia de Dios hacia pecadores totalmente indignos. De modo compasivo el Señor fue tras los injustos arrepentidos, mientras al mismo tiempo rechazaba la justicia de los fariseos no arrepentidos.
Al rechazar a Jesús como el amigo de pecadores los escribas y fariseos demostraron su deliberada ignorancia en cuanto a la misión del Mesías, la cual era buscar y salvar a los perdidos (Lc. 19:10). El Señor no aprueba acciones o actitudes pecaminosas. No se hizo amigo de pecadores a fin de respaldar su iniquidad o alentar sus deseos rebeldes. Más bien, vino a liberar a personas pecadoras de la esclavitud y la muerte espiritual. Sus propósitos no eran condonar el pecado, sino más bien rescatar de este a pecadores.
Jesús identificó a todas las personas como pecadoras, en especial a los escribas y fariseos (cp. Mt. 23). Cegados por su propia justicia, los dirigentes religiosos no quisieron reconocer su verdadera condición. Aferrándose a la noción de que eran justos, negaron su necesidad de un Salvador y posteriormente rechazaron al Mesías. Por el contrario, el mensaje del evangelio es para aquellos que reconocen y admiten que no son justos. Por esa razón el ministerio de Jesús se centró en aquellos que eran muy conscientes de su propia condición desesperada. Los "publicanos y pecadores" de la sociedad judía no se jactaban de ser justos. Sabían que estaban muy por debajo de la ley de Dios. En consecuencia, estaban maduros para el evangelio (cp. 1 Co. 1:26-31).
La gloria del evangelio es que Dios recibe a pecadores indignos. El perdón no se le concede a individuos que creen ser suficientemente buenos para ganárselo, sino a quienes saben que no lo son y creen en el Señor Jesucristo. El escándalo de la gracia es que Dios salva a aquellos que no lo merecen (cp. Ro. 5:6-11). Los sistemas de obras de justicia requieren que las personas obtengan el favor divino a través de sus propios esfuerzos. Pero esa es una tarea imposible (cp. Fil. 3:4-9). El verdadero evangelio declara que los pecadores no pueden hacer nada para merecer el perdón o ganarse la vida eterna; lo único que pueden hacer es clamar por misericordia a Dios, y Él por su gracia los salva (cp. Lc. 18:13-14). El reino de la salvación abre sus puertas a aquellos que lloran por su pecado y están hambrientos y sedientos de la justicia que saben que no poseen (cp. Mt. 5:3-6).
En 2:1-12 Marcos relata la historia del paralítico que fue curado por Jesús en una casa en Capernaúm. Ese milagro de sanidad validó la autoridad de Cristo para perdonar a pecadores (v. 10). Esta sección (2:13-17) da conocer las personas las que Jesús extiende ese perdón, es decir a pecadores arrepentidos. El incidente narrado en estos versículos ilustra el hecho de que ningún pecador está más allá del alcance de la gracia de Dios. Jesús estuvo dispuesto a salvar incluso al más vil de los pecadores, a un odiado recaudador de impuestos. El relato de Marcos acerca del llamado a Levi (Mateo) gira alrededor de cuatro puntos principales: el llamamiento a un marginado social (vv. 13-14), la comunidad de pecadores (v. 15), el desprecio de los que se creían justos y buenos (v. 16), y la condena de parte del Salvador (v. 17).