La respuesta más dura de Jesús | Josué Barrios

Entendiendo uno de los pasajes más difíciles en los evangelios

Pero acercándose ella, se postró ante Él, diciendo: «¡Señor, ayúdame!». Y Él le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos» (Mateo 15:25-26).

Justo cuando te maravilla la compasión de Jesús mostrada en el relato de Mateo, quedamos perplejos al ver Su respuesta a una mujer pagana desesperada ante la condición de su hija endemoniada (v. 22).

El Señor no atiende sus gritos de angustia que reconocían que Él es el Hijo de David (vv. 22-23). Sus discípulos incluso le piden que despida a la mujer (v. 23)…1 y Jesús parece estar de acuerdo con ellos: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 24). Y justo allí encontramos los versículos que introducen esta reflexión. Jesús parece afirmar la visión judía de que solo los judíos y no los gentiles («perrillos», mascotas) debían recibir las bendiciones de Dios. ¿Cómo entender esto?

Considera lo que ocurre inmediatamente, y luego lo que vemos hacia al final del evangelio. Inmediatamente, la mujer en humildad admite lo que Jesús dice y lo aprovecha para argumentar su petición: «Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27). Ella no piensa irse a otro lugar. Ella cree en Jesús.

¿Y qué responde Él entonces? Alaba la fe de esta mujer, atiende a su clamor, y su hija queda sana entonces (v. 28). Pero nos queda la pregunta: ¿le respondió así sobre la base de la insistencia de ella o movido por Su corazón compasivo?

Ahora considera lo que leemos hacia el final del libro: el relato de Su muerte redentora no solo por judíos, sino por toda clase de paganos. Porque aunque Dios eligió desplegar Su gracia empezando por Israel, gentes de todas las naciones están llamadas a comer en Su mesa.

Volviendo a nuestro pasaje, ¿no nos muestra eso que Jesús no podía estarle diciendo un no total a esta mujer? Podemos preguntarnos si la aparente dureza de Jesús hacia ella era para sacar a relucir su fe y confrontar a Sus discípulos. Pero algo sí tenemos claro: a la luz de la cruz, la respuesta de Jesús a esta mujer nunca fue no, sino un todavía no. Y eso lo cambia todo.

Muchas veces podemos sentirnos como ella, como si Dios nos ignorara en medio del dolor. Pero Sus respuestas aparentemente ásperas solo pueden entenderse al contemplar la historia más amplia de nuestras vidas y el universo: la historia de Su corazón desplegado en la redención.

¿Cómo sería tu vida si creyeras que la respuesta más dura que Jesús puede darte en tu sufrimiento nunca es un ceño fruncido, nunca es un silencio inextinguible, y nunca es realmente no?