De camino a Worms | R. C. Sproul

La visita de Lutero a Heidelberg ganó muchos más adeptos para la causa luterana en Alemania. Pero la próxima gran crisis tendría lugar ese mismo año de 1518. En lugar de que Lutero acudiera a Roma para ser juzgado por herejía, Roma acudió a Alemania en la persona de su teólogo más hábil: el cardenal Tomás Cayetano. A Lutero se le prometió un salvoconducto si accedía a reunirse con Cayetano en Augsburgo. Algunos de sus amigos lo instaron a que no fuera, pues temían que fuera traicionado y lo llevaran a Roma para quemarlo en la hoguera como hereje. Pero Lutero quería ir a Augsburgo porque para él ese era el cumplimiento de un deseo. Al fin tendría la oportunidad de debatir de forma razonable con los príncipes de la iglesia.

En Augsburgo, Lutero se entrevistó cuatro veces con el cardenal Cayetano, pero las cosas no salieron como esperaba. En vez de invitarlo a discutir y debatir con franqueza, el cardenal insistió en que Lutero se arrepintiera, se retractara de sus enseñanzas y prometiera que no volvería a enseñar esas doctrinas. Lutero se sintió cada vez más frustrado y Cayetano se fue enfadando cada vez más. Los historiadores dicen que Cayetano terminó ganando porque logró que Lutero adoptara una postura que lo puso en claro conflicto con la Iglesia católica romana. Gran parte de su discusión en Augsburgo se centró en el tesoro de los méritos y en el asunto de las indulgencias, lo cual Lutero había cuestionado en sus noventa y cinco tesis. Cayetano, armado con su conocimiento de historia eclesiástica, le señaló a Lutero que en 1300 el papa Bonifacio VIII había autorizado, con su autoridad papal, el principio de las indulgencias y su venta. Luego, en 1343, el papa Clemente VI, en su encíclica Unigenitus Dei Filius, había desarrollado y autorizado la doctrina del tesoro de los méritos. Así, Cayetano logró demostrar que el antagonismo de Lutero hacia el tesoro de los méritos y la venta de indulgencias estaba en conflicto con dos papas históricos. Lutero indicó que esas doctrinas no estaban en la Biblia: se atrevió a cuestionar la autoridad de los papas en estos asuntos diciendo que simplemente habían errado.

La doctrina de la infalibilidad papal aún no se había decretado de forma oficial. Eso no ocurriría sino hasta el siglo XIX, en el Concilio Vaticano I de 1870 con el papa Pío IX. Pero el hecho de que la iglesia recién declarara la infalibilidad papal en 1870 no significa que a partir de ese tiempo se creyera en la infalibilidad papal por primera vez. En ese momento, solo se transformó en doctrina oficial de la iglesia. La tradición siempre había mantenido la idea de la infalibilidad papal, y Lutero estaba en conflicto directo con dos papas. Cayetano se enfadó tanto con él que Lutero apenas logró escapar vivo de Augsburgo para volver a Wittenberg.

La siguiente disputa ocurrió en 1519 en Leipzig. Lutero se reunió con Johann Eck, el principal teólogo católico romano de Alemania. Este debate tomó un rumbo distinto al de Augsburgo. Eck sacó a colación las doctrinas del reformador bohemio Juan Hus, que había enseñado cien años antes. Eck indicó que algunas de las doctrinas por las que Hus había sido condenado y quemado en la hoguera eran similares a las enseñanzas de Lutero. Hus sostenía que la máxima autoridad de la Iglesia cristiana y la única que podía obligar la conciencia cristiana era la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios. Lutero, después de cuestionar la autoridad del papa en Augsburgo, ahora estaba promulgando el mismo mensaje. Así como Cayetano había logrado que Lutero admitiera sus diferencias con dos papas de la historia, ahora Eck, con sus propios métodos brillantes, consiguió que Lutero admitiera que tenía creencias similares a las de Hus, creencias por las que el reformador bohemio había sido condenado a muerte, no solo por un papa, sino por un concilio eclesiástico. En Leipzig, Eck logró que Lutero dijera que los papas y los concilios de la iglesia pueden errar.

Ahora Lutero había puesto el hacha a la raíz del árbol del papado y del árbol de la autoridad de los concilios eclesiásticos. Lo llamaban el Hus alemán. El año siguiente, 1520, León X emitió una bula papal que condenaba a Martín Lutero como hereje. Todas las encíclicas papales (cartas del papa) llevan el nombre de sus primeras palabras en latín. El nombre de esta bula papal era Exsurge Domine, que significa «Levántate, oh, Señor». Si parafraseamos su contenido, dice: «Levántate, oh, Señor: hay un jabalí suelto en tu viña». Luego añade: «Levántate, san Pedro: hay alguien desafiando tu autoridad». Más adelante, agrega: <<Levántate, san Pablo». El papa llamó a Cristo y a los apóstoles a levantarse contra Lutero.

Las obras de Lutero habían llegado a Roma y fueron quemadas de forma pública en la plaza de San Pedro. La bula papal tardó tres meses en llegar a Wittenberg, y, cuando lo hizo, Lutero la quemó en una hoguera. Ahora la suerte estaba echada y no había marcha atrás.

Al llegar a este punto, las autoridades del Sacro Imperio Romano Germánico también estaban involucradas en estos asuntos. Antes de morir, el emperador Maximiliano estaba indignado ante el furor generado por esta revuelta luterana, no solo en Alemania, sino también en otros países del Sacro Imperio Romano. Pero antes de poder hacer algo al respecto, murió y fue reemplazado por Carlos de España. Como vimos en el capítulo 3, el papa León X quería que Federico, elector de Sajonia, fuera el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en lugar de Francisco de Francia o Carlos de España. De hecho, en la primera votación, los electores no eligieron a Francisco ni a Carlos; eligieron a Federico. Sin embargo, Federico se negó y le dio su apoyo a Carlos, que luego se convirtió en emperador.

Carlos no quería alzamientos en la iglesia, así que convocó una Dieta o Concilio Imperial. La Dieta Imperial se celebraría en 1521 en la ciudad alemana de Worms. El emperador convocó a Lutero y le aseguró un salvoconducto. Una vez más, con cierta ingenuidad, Lutero esperaba presentarse ante la iglesia y poder defender sus escritos de forma racional. Sin embargo, sus amigos no confiaban en el emperador ni en las autoridades de Roma que estarían representadas en Worms. Ellos le rogaron encarecidamente a Lutero que no fuera, a pesar del salvoconducto. Sus amigos le advirtieron que la ciudad estaría llena de demonios y cada uno de ellos lo estaría buscando para atacarlo. Ahora bien, Lutero estaba muy familiarizado con Satanás. Escribió sobre su experiencia de lo que él llamaba Anfechtung, el ataque implacable de Satanás contra él. Pero estaba convencido de la veracidad de su enseñanza, que ahora incluía la doctrina de la justificación por la fe sola, y tenía que defenderla públicamente. Les dijo a sus amigos: «Aunque haya tantos demonios en Worms como tejas naranjas en los techos de la ciudad, igual iré». Pues bien, casi todas las casas del este de Alemania tienen tejas naranjas en el techo. Aun así, Lutero y un par de sus amigos viajaron de Wittenberg a Worms en un carromato de dos ruedas. Era un medio de transporte bastante incómodo.

Lutero estaba preocupado por lo que le aguardaba al llegar a Worms. No esperaba que varios kilómetros antes de llegar a la ciudad las calles estuvieran llenas de campesinos gritando, animándolo y apoyándolo. Las autoridades se pusieron nerviosas cuando vieron la popularidad que había ganado Lutero. Este llegó a la Dieta y entró en el gran salón donde estaban sentados el emperador y los legados papales, pero no le dieron la oportunidad de debatir. Además, un hombre de apellido Eck estaba allí para interrogarlo (no era el mismo Eck con el que había debatido en Leipzig).

En el centro del salón, había una mesa apilada con los libros y folletos que Lutero había publicado en un corto tiempo. Su interrogador le preguntó: «¿Son estos tus libros?». «Sí», respondió él. Entonces Eck le dijo: «Debes decir ante las autoridades aquí reunidas hoy: Revoco», que significa «me retracto». Lutero comentó que había escrito sobre todo tipo de temas, muchos de los cuales no estaban en conflicto con la enseñanza clásica de la Iglesia católica romana. Quería saber cuáles eran los problemas concretos que tenían con él. Eck volvió a presionarlo para que simplemente dijera revoco, y que lo dijera «sin tapujos», es decir, sin engaño. La sala enmudeció y Lutero le respondió a Eck de forma inaudible. Eck le pidió que repitiera lo que había dicho. Lutero pidió veinticuatro horas para reflexionar, y se las concedieron.

Esa noche, en su celda monástica, esperando su destino, Lutero escribió una oración conmovedora:

¡Oh, Dios, Dios Todopoderoso y Eterno, cuán terrible es el mundo! ¡Mira cómo su boca se abre para tragarme y cuán pequeña es mi fe en Ti!... iOh! iLa debilidad de la carne y el poder de Satanás! Si tengo que depender de cualquier fortaleza de este mundo, todo ha terminado... Las campanas han sonado... La sentencia ha sido promulgada. iOh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío!, ayúdame contra toda la sabiduría de este mundo. Hazlo, te lo suplico; Tú deberías hacerlo... con Tu inmenso poder... Porque la obra no es mía, sino Tuya. Yo no tengo nada que hacer aquí... ¡No tengo nada por lo cual contender con estos grandes hombres del mundo! Yo gustosamente pasaría mis días en felicidad y paz, pero la causa es Tuya... iY es justa y eterna, oh, Señor! ¡Ayúdame! iOh, fiel e inmutable Dios! No me apoyo en el hombre. iEso sería en vano! Todo lo que es del hombre se tambalea. Todo lo que procede del hombre ha de fallar. iDios mío, Dios mío!, ¿acaso no me oyes? iDios mío!, ¿acaso no vives más? No, Tú no puedes morir; Tú solo puedes esconderte. Me has elegido para esta labor; iyo lo sé!... Por lo tanto, oh, Dios, cumple Tu propia voluntad y no me abandones por amor a Tu amado Hijo, Jesucristo, mi defensa, mi escudo y mi fortaleza. Señor, ¿dónde estás?... Dios mío, ¿dónde estás?... iVen! Te ruego, estoy listo... Heme aquí, preparado a dar mi vida por Tu verdad... sufriendo como un cordero pues la causa es santa. iEs Tuya!... iNo te soltaré! No, ini por toda la eternidad! Y aunque el mundo esté lleno de demonios, y este cuerpo, obra de Tus manos, sea desechado, pisoteado, cortado en pedazos, consumido hasta las cenizas, mi alma es Tuya. Sí, tengo Tu propia Palabra que me lo asegura. iMi alma te pertenece y permanecerá contigo para siempre! iAmén! ¡Oh, Dios, envía ayuda, amén!"

Al día siguiente entró al salón donde se celebraba la reunión y volvieron a ordenarle que se retractara, que dijera revoco. Lutero dijo: «Ya que me han pedido que responda sin tapujos, lo haré. A no ser que sea convencido por la Escritura o por razón evidente, mi conciencia está cautiva por la Palabra de Dios. No puedo ni voy a retractarme de nada, pues actuar en contra de la conciencia no es ni justo ni seguro. Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén». Ese fue el punto de inflexión de la Reforma protestante. Al oír esas palabras, la audiencia estalló en furia y confusión. Cuando Lutero iba saliendo del salón, sus amigos orquestaron un secuestro falso y se lo llevaron al Castillo de Wartburg, que estaba situado en lo profundo del bosque. Lutero trabajaría allí durante un año en la traducción del Nuevo Testamento al alemán disfrazado de caballero, bajo el nombre de sir Jörg.

Extraído del libro "Cómo un monje descubrió el evangelio: Lutero y la Reforma", de R. C. Sproul.