Como hemos visto, el joven Martín Lutero era propenso a experimentar una crisis severa cada cinco años. En 1505, tuvo la experiencia del rayo que lo llevó a ingresar al monasterio. En 1510, sufrió la desilusión en su viaje y peregrinación a Roma. Pero quizás la crisis más importante de su vida, el episodio que lo definió como hombre, como teólogo, como reformador y como cristiano, ocurrió en 1515, en lo que se ha descrito como su experiencia de la torre. Sin embargo, antes de analizar la experiencia de la torre, debemos saber cómo fue que Lutero pasó de Erfurt a Wittenberg.

Poco después de volver de su experiencia en Roma, fue Ilamado a mudarse de Erfurt al claustro agustino del pueblo de Wittenberg. Ahora bien, Erfurt era una gran ciudad de Alemania que contaba con una universidad importante y Wittenberg era un pueblito de unos dos mil habitantes y menos de dos kilómetros de largo. El nombre Wittenberg significa «colina blanca» o «pequeña montaña blanca». El pequeño pueblo estaba situado en una franja de arena blanca que bordeaba el río Elba. La importancia de Wittenberg en ese momento de la historia radica en que su fundador fue Federico el Sabio, también conocido como Federico, elector de Sajonia. Federico el Sabio fue uno de los principales protagonistas de la Reforma protestante, aunque su participación fue en gran medida involuntaria. El sueño de Federico era crear un centro cultural e intelectual en Wittenberg que pudiera competir con la Universidad de Heidelberg y los demás grandes centros intelectuales de Alemania. Con ese fin, recorrió la geografía del país solicitando a varios monasterios que nominaran a sus mejores jóvenes estudiosos a fin de que se unieran a su nueva facultad en Wittenberg. Así, pudo conseguir los servicios de tres académicos jóvenes y brillantes, uno de los cuales era Martín Lutero. Aunque Lutero aún no había terminado su doctorado, sí tenía una maestría en estudios bíblicos y fue llamado a Wittenberg para ser el profesor de Biblia en dicha facultad.

Además de fundar la Universidad de Wittenberg, Federico también quiso crear el mejor relicario de Alemania. Su sueño era convertir a Wittenberg en la Roma alemana, por lo que, durante unos diez años, buscó por todas partes diversas reliquias que atrajeran peregrinos de toda Europa. Llegó a reunir más de diecinueve mil reliquias, cuyo valor total en indulgencias era 1 902 202 años, más unos siete meses de exención del purgatorio. De esta manera, Federico cumplió su sueño de establecer un relicario gigante en Wittenberg. En la colección de reliquias había paja del pesebre de Jesús, pelo de Su barba, un trozo de la cruz, un pedazo de piedra del monte de la ascensión e incluso una rama de la zarza ardiente de Moisés. Era una colección impresionante.

Federico el Sabio es conocido como elector de Sajonia porque era uno de los varios hombres europeos que tenía derecho a voto en la elección del santo emperador romano, el hombre que presidiría el Sacro Imperio Romano Germánico. En 1519, murió el emperador Maximiliano I, asíque el trono quedó vacante y surgieron tres candidatos para sucederlo. Dos llevaban la delantera y el tercero tenía muy pocas opciones. Los favoritos eran Francisco, que por ese entonces era rey de Francia, y Carlos, que era el rey de España. El tercer candidato era el rey de Inglaterra, Enrique VIII. El papa de ese tiempo, León X, no quería en absoluto que Francisco ni Carlos se convirtieran en el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano, así que trató de convencer a Federico de que presentara su candidatura al cargo de emperador. Con ese fin, León X lo honró, concediéndole el honor más alto que el papa podía darle a un gobernante secular: la Orden de la Rosa de Oro. Le concedió ese honor con la esperanza de inducirlo a procurar el cargo de emperador del Sacro Imperio Romano. Sin embargo, Federico se negó. No le interesaba ser emperador y, de hecho, emitió uno de los votos decisivos que pusieron a Carlos en el trono imperial del Sacro Imperio Romano.

Además de tomar la sabia decisión de llevar a Lutero a Wittenberg, donde comenzó la Reforma, Federico sirvió como protector de Lutero durante los años críticos. Los historiadores han dicho que, de no ser por la influencia de Federico el Sabio, seguramente Lutero habría sido perseguido y ejecutado. Aunque Federico siguió siendo leal a la Iglesia católica romana, también era leal con su profesorado, y quería asegurarse de que Lutero no fuera perseguido injustamente ni procesado y ejecutado, así que lo defendió durante muchos años.

Cuando Lutero llegó a Wittenberg como profesor de Biblia, comenzó sus clases en 1513 con una serie de largas ponencias sobre el libro de los Salmos. Un aspecto de Lutero que solemos pasar por alto es que era un excelente lingüista y un destacado intérprete de la Sagrada Escritura. De hecho, cuando su método de interpretación bíblica maduró, hizo que toda la disciplina de la interpretación bíblica pasara de su enfoque medieval a las formas modernas de abordar las Escrituras. En la Edad Media, el método favorito para interpretar la Biblia era el uso de la <<<<cuadriga». La cuadriga era un método cuádruple de interpretación bíblica. En primer lugar, el intérprete observaba el sentido literal del texto, luego encontraba su sentido ético, después buscaba el significado místico del pasaje y, finalmente, encontraba su significado alegórico. Este método condujo a todo tipo de especulaciones descabelladas e interpretaciones imaginativas de la Biblia a tal punto que Lutero dijo que, gracias a ese sistema, la Biblia se había convertido en una nariz de cera moldeable. Cualquiera podía torcerla y distorsionarla para hacerla encajar en cualquier teoría que quisiera introducir en las Escrituras.

Lutero adoptó poco a poco la posición de que el método adecuado para interpretar las Escrituras es el de encontrar lo que él llamaba el sensus literalis, el sentido literal. Lo que Lutero quiso decir al hablar del sensus literalis es que debemos interpretar la Biblia según como está escrita. Si es narración histórica, la interpretamos según las reglas de la narración histórica; si es poesía, la interpretamos según las reglas de la poesía; si es didáctica, la interpretamos según esos cánones, y así sucesivamente. Un sustantivo es un sustantivo, un verbo es un verbo, y, en este sentido, debemos tratar a la Biblia como a cualquier otro libro. Ahora, desde luego, no es como ningún otro libro porque es la Palabra de Dios, pero, de todos modos, Lutero levantó un cerco para impedir todo intento de interpretar la Palabra de Dios de forma mística y espiritualizada. Quería buscar el sentido claro de la Escritura y entender la Palabra de Dios tal como había sido escrita y entregada originalmente. Desarrolló este principio de interpretación bíblica durante los años en que enseñó en Wittenberg, partiendo con su extensa exposición del libro de los Salmos.

La crisis más importante de Lutero, la experiencia de la torre, comenzó cuando recibió la tarea de enseñar el libro de Romanos. Inició leyendo el primer capítulo y llegó a Romanos 1:16: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego». Después, en el versículo 17, que, según la mayoría de los estudiosos, corresponde al tema de toda la epístola, Pablo escribe: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: MAS EL JUSTO POR LA FE VIVIRÁ». El versículo 17 habla del tema que más aterraba a Lutero: la justicia de Dios. Esa era la razón por la que había trabajado tanto en el monasterio, por la que había sido tan riguroso en su ascetismo, en sus peregrinaciones y en sus confesiones. Lutero sabía que si Dios juzgaba a Lutero según el estándar de Su justicia, Lutero perecería. También entendía que, por mucho que se esforzara e hiciera, nunca podría satisfacer las exigencias de la justicia o la rectitud de Dios para entrar al cielo. Por lo tanto, la barrera suprema entre Lutero y su Dios era la justicia divina.

Lutero comprendía en lo más profundo de su alma el abismo que existe entre la justicia de Dios y la injusticia del pecador, y no veía ninguna forma de cerrar la brecha. Pero mientras leía Romanos 1 y preparaba sus lecciones, llegó a comprender de un modo totalmente nuevo y radical lo que Pablo estaba diciendo en el versículo 17. Lutero frenó de golpe y se preguntó: «¿Qué significa que haya una justicia por fe y para fe? ¿Qué significa que el justo por la fe vivirá?». Cuando Lutero comenzó a comprender, se dio cuenta de que Pablo estaba hablando de una justicia que Dios en Su gracia pone a disposición de los que la reciben de forma pasiva, no de los que la alcanzan de forma activa; podían recibirla por la fe y ser reconciliados así con el Dios santo y justo.

Aquí también había una trampa lingüística. La palabra latina para hablar de la «justificación» que se utilizaba en esa época de la historia de la iglesia era justificare. Venía del sistema judicial romano y estaba compuesta por los vocablos justus, que significa «justicia» o «rectitud», у ficare, que significa «hacer». Los padres latinos entendían la