Los psicólogos también se han centrado en otros aspectos de la vida de Lutero. Manifestó una obsesión con la culpa durante sus días en el monasterio. Nada de lo que hacía le daba paz mental ni calmaba su conciencia. Pasaba largos períodos en el confesionario. Muchas veces, después de estar horas confesando sus pecados ante el padre confesor y recibir la absolución, volvía a su celda y de pronto recordaba un pecado que había olvidado confesar. También se autoflagelaba y participaba en las formas rigurosas de ascetismo que los monjes usaban para limpiarse de todo pensamiento maligno. Pero no había nadie que igualara a Lutero a la hora de infligirse castigos para calmar su conciencia.
Ahora bien, tenemos que entender el nivel de corrupción que había en el clero de la Iglesia medieval. Esta era la época de los papas Médici y Borja, que tenían fama de escandalosos. Sin embargo, la gente seguía creyendo que la mejor manera de asegurar la salvación personal era entrar a las órdenes sagradas, tener una vocación santa y, en especial, entrar a un monasterio. Eso facilitaba el camino para que las personas recibieran la santificación y alcanzaran las puertas del cielo. Por lo tanto, Lutero estaba decidido a obtener la paz mental que buscaba con tanta desesperación mediante los rigores de la vida monástica. Le preguntaron en una ocasión: «Hermano Martín, ¿amas a Dios?». Él respondió: «¿Amar a Dios? ¿Amar a Dios? A veces lo odio. Veo a Cristo como un juez furioso con la espada del juicio en la mano y viniendo a buscarme».
Los psiquiatras modernos han dicho que este sentido morboso de intranquilidad en la conciencia no es racional. No es sano. Piensa en ello: se dice que las personas que pierden la noción de la realidad pierden la capacidad normal de lidiar con los miedos y la culpa. Por ejemplo, está la historia de un hombre que no quería salir de su casa. Ni siquiera quería salir de pícnic porque tenía mucho miedo a los peligros que se pueden presentar en los lugares de pícnic. Por lo tanto, su mujer lo llevó a un psiquiatra, que le preguntó: «¿Por qué tienes tanto miedo de ir de pícnic?». «Si voy de pícnic —contestó—, la comida estará expuesta al sol. Podría intoxicarme y morir. Además, podría haber serpientes en la hierba. Es posible que una serpiente venenosa me muerda y me mate. O si conduzco hasta el lugar del pícnic, podría ser embestido por otro coche y morir. El mundo allá afuera está lleno de peligros a cada instante». ¿Qué podría decir el psiquiatra? ¿«No hay ningún riesgo en viajar en un automóvil»? Por supuesto que hay peligros al subirse a un automóvil. ¿«No hay ningún peligro de intoxicarse con la comida»? Por supuesto que hay peligro de intoxicación. ¿«No hay ningún peligro de que te muerda una serpiente venenosa»? Esos peligros son reales, pero ¿quién evita los pícnics por estos? Tenemos mecanismos de defensa incorporados en nuestras mentes para protegernos de los peligros claros y evidentes que hay en cualquier parte. Alguien puede evaluar de forma precisa los peligros reales y aun así estar loco porque ha perdido el uso normal de los mecanismos de defensa.
Ahora aplica esta idea al problema de la culpa. Lutero era un hombre culpable. Probablemente, entendía la ley de Dios mejor que cualquier otro cristiano antes que él con la excepción del apóstol Pablo. Conocía el castigo severo por quebrantar la ley de Dios y sabía que su alma estaba expuesta al tormento potencial de la condenación eterna.
Sin embargo, la mayoría de las personas racionalizan y niegan su culpa. La mayoría de las personas cuentan con un mecanismo de defensa normal para escapar a cualquier pensamiento sobre el juicio de Dios. Hay millones de personas que pasan toda la vida sin pensar en lo que va a ocurrirles cuando estén ante el Dios santo y tengan que dar cuentas por cada palabra ociosa que hayan dicho. Verás, Lutero se tomaba esas enseñanzas de las Sagradas Escrituras muy en serio. La ley de Dios lo aterraba. Así que la pregunta es: ¿estaba loco? Se ha dicho que hay una línea delgada entre la genialidad y la locura. Es posible que Lutero oscilara de un lado a otro de esa línea a lo largo de su vida. En muchos sentidos fue víctima de su propia genialidad.
Lutero experimentó un par de momentos críticos que pusieron a prueba su cordura. El primero ocurrió cuando iba a celebrar su primera misa tras su ordenación como monje. Luego de entrar como novicio al monasterio y antes de celebrar su primera misa, logró enmendar la relación con su padre. Quizás Margarita, su madre, le rogó a su marido que no fuera tan duro con su hijo rebelde, que había elegido la vida religiosa en lugar de la próspera vida del derecho. Hans Lutero empezó a presumir de su hijo, el sacerdote ordenado, ante sus socios del mundo comercial. Invitó personalmente a sus socios más cercanos del mundo minero a asistir a la primera misa de Lutero. Hans llevó a sus socios hasta el monasterio de Erfurt para que presenciaran la primera misa de su hijo y tenía planeada una fiesta para celebrar después.
Al comienzo de la misa, Lutero, ataviado con vestimentas sacerdotales, siguió de forma impecable el orden de la liturgia hasta que llegó al momento crítico en que se producía el milagro de la transubstanciación, cuando, según se creía, los elementos comunes del pan y el vino se transformaban de forma sobrenatural y milagrosa en el cuerpo y la sangre real de Jesús. Supuestamente, eso ocurría durante la oración de consagración. Uno de los poderes conferidos al sacerdote en la ordenación es el de rezar la plegaria que Dios escucha para que se produzca este milagro asombroso. En el momento de la misa en que debía pronunciar la oración de consagración, Lutero abrió la boca para decir las palabras, pero no le salió nada. Se quedó congelado en el altar, petrificado, con gotas de sudor en la frente, un temblor visible en el cuerpo y los labios tiritando. Fue incapaz de pronunciar las palabras. En medio de ese momento vergonzoso, otro de los sacerdotes se puso de pie, rezó la oración en lugar de Lutero y permitió que continuara la misa.
Hans Lutero estaba fuera de sí. Había ido a presumir de su hijo el sacerdote, y este había fracasado en su hora más sagrada, para el disgusto absoluto y la vergüenza de su padre. Hans cuestionó el llamado de Martín al sacerdocio. Básicamente, Lutero le contestó: «¿No lo entiendes? ¡Tenía el cuerpo y la sangre de Jesucristo en las manos! ¿Cómo puedo yo, que soy un pecador, manipular esas cosas sagradas? ¿Cómo puedo hablar con normalidad ante tal maravilla y prodigio?». Allí estaba el problema. Lutero no estaba loco. Él creía todo esto. Creía que el Señor Jesucristo estaba allí. De verdad creía que estaba pisando tierra santa.
Los otros sacerdotes cumplían esos rituales como un asunto de rutina, pero Lutero temblaba en su humanidad cuando estaba en presencia de lo santo.
Otro punto de crisis para Lutero tuvo que ver con la práctica de la peregrinación. Las peregrinaciones consistían en que el peregrino debía ir a una catedral que tuviera un relicario, que es la sección donde se guarda una reliquia o un conjunto de reliquias de la antigüedad. Las reliquias eran objetos como huesos de los apóstoles, pelos de la barba de Juan el Bautista y leche del pecho de la virgen María. Algunas catedrales tenían inmensas colecciones de reliquias. Cuando la gente peregrinaba a un lugar santo donde entraba en contacto con esos objetos sagrados, podía recibir indulgencias y perdón de pecados para ese instante y para el purgatorio. Las dos ciudades del mundo más valiosas para peregrinar eran Jerusalén y Roma. Roma era el centro visible de la Iglesia católica romana, donde se encontraban los huesos de Pedro y Pablo. Viajar de Alemania a Roma era una oportunidad increíble.
Lutero fue uno de los dos hermanos seleccionados para realizar este viaje por asunto de negocios propios de su monasterio. Probablemente, esta oportunidad le dio más alegría a Lutero que cualquier otra experiencia que tuvo en el claustro. Lo único que lamentaba era que su madre y su padre siguieran vivos, pues quería hacer el viaje a Roma por los beneficios de la peregrinación y utilizar las indulgencias del viaje en favor de ellos. Sin embargo, como aún estaban vivos, no podía hacerlo y por eso dedicó la peregrinación a sus abuelos. Tardó varios meses en viajar a pie de Alemania a Roma.
Este viaje fue la desilusión más significativa de la vida de Lutero. Cuando llegó a Roma, en vez de encontrar una ciudad santa, encontró una urbe marcada por una corrupción sin precedentes. Notó que los sacerdotes de la ciudad hacían cinco o seis misas por hora. Realizaban la liturgia recitando las palabras lo más rápido que podían para luego cobrarla. Eso escandalizó a nuestro joven monje idealista. Peor aún era el comportamiento sexual de los sacerdotes de Roma, que tenían la práctica habitual de usar servicios de prostitución, tanto con hombres como con mujeres. Pero lo más destacado de la peregrinación de Lutero fue su visita a la Basílica de San Juan de Letrán, que era la iglesia principal de Roma antes de la construcción de la Basílica de San Pedro. En la Basílica de San Juan de Letrán se encontraba la Escalera Santa, que son unos escalones que recuperaron los soldados cruzados cuando fueron a Jerusalén. Estos escalones conducían al tribunal donde Jesús había sido juzgado por Poncio Pilato. La historia dice que de verdad son los escalones por los que nuestro Señor subió y bajó. Los cruzados desmontaron toda la escalera en Jerusalén y la llevaron a Roma, donde se convirtió en un punto central de indulgencias. Los peregrinos subían los escalones con las manos y las rodillas, rezando un padrenuestro o un avemaría en cada escalón hasta llegar a la cima, para luego recibir las indulgencias de su peregrinación.
La primera vez que fui a Roma, el lugar que más me interesaba visitar era la Basílica de San Juan de Letrán, para ver si la Escalera Santa seguía allí. Y allí estaba. Quería subirla solo porque deseaba ver el lugar donde Lutero tuvo esta crisis, pero no pude ni acercarme a la escalera. Estaba repleta de peregrinos sobre sus manos y rodillas, y en un cartel grande se explicaba cuántas indulgencias quedaban disponibles. Así que la práctica de la que Lutero fue testigo sigue vigente. El propio Lutero siguió el proceso de subir los escalones de rodillas besando cada peldaño, rezando el rosario, etc. Cuando llegó a la cima, se puso de pie y dijo en voz alta, aunque sin dirigirse a nadie en específico: «¿Quién sabe si esto es cierto?». La duda que brotó en su corazón y que atravesó su alma ese día no se aliviaría para nada hasta la llegada de otra crisis que tuvo, cinco años después.
Extraído del libro "Cómo un monje descubrió el evangelio: Lutero y la Reforma”, de R. C. Sproul.
