¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. (15:8-10)

Al igual que la primera historia, también esta se lleva a cabo en el escenario de una aldea. Y así como la parábola anterior, esta presenta una persona pobre de baja posición social que enfrenta una crisis importante: una mujer que perdió una moneda de gran valor.

Si los escribas y fariseos se sintieron ofendidos porque Jesús les solicitó que se imaginaran siendo pastores, pedirles que se imaginaran estar en la posición de una mujer fue una ofensa aún mayor. Los pastores eran considerados inmundos, y en esa cultura dominada por los varones a las mujeres se las consideraba insignificantes e indignas de respeto alguno. Cabe señalar que mientras los escribas y fariseos se resintieron porque los compararan con un pastor y una mujer, Dios no lo hizo. En el Salmo 23 no solo se describió como un pastor (v. 1), sino también como una mujer (v. 5; preparar una mesa era trabajo de mujeres), mientras que, en su lamento sobre Jerusalén, Jesús se describió como una gallina con polluelos (Lc. 13:34). Fue la misericordia lo que impulsó a Jesús a asaltarles su necio orgullo, ya que solamente los humildes pueden ser salvos (Mt. 5:5; Stg. 4:6, 10).

La parábola describe a una mujer que había perdido una de sus diez dracmas. Una dracma (un denario romano) representaba el salario de un día para un trabajador común. Aunque tal vez esa no parezca una gran cantidad de dinero, en una sociedad de trueque donde el dinero no se usaba con tanta frecuencia como en la mayoría de las sociedades modernas, esta era una pérdida significativa. El dinero pudo haber sido un fondo de emergencia que se debía usar cuando fuera necesario para realizar compras importantes. Lo más probable es que las dracmas representaran la dote de la mujer, que el padre le entregara como regalo de bodas, y que le proporcionaran seguridad para el futuro.

La manera en que se perdiera la moneda no es relevante para la historia. Podría ser que la mujer hubiera ensartado todas las monedas, las llevara alrededor del cuello, y la cuerda se hubiera roto; o que las hubiera amarrado en un trapo a modo de monedero y el nudo se hubiera deshecho. Para llevar a cabo su desesperada búsqueda le habría sido necesario encender una lámpara incluso a la luz del día, ya que por lo general las casas no tenían ventanas, o tal vez estas eran muy pequeñas. Cuando con una rápida mirada alrededor no descubrió la moneda, ella procedió a barrer el polvo del piso de tierra apisonada de la casa y a buscar la moneda con diligencia.

Al fin, para su gran alegría, la mujer encontró la moneda perdida. Entonces, con el fin de celebrarlo, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido. Los habitantes de una aldea pequeña y muy unida como posiblemente era esa participarían de los mutuos sufrimientos y alegrías, por lo que habría sido apropiado hacer una fiesta con el fin de celebrar el gozo de la mujer al haber recuperado lo que había perdido. ¿Valen menos las almas eternas?

Desde el punto de vista ético, una vez más los fariseos habrían estado de acuerdo en que lo que ella hizo era necesario bajo las circunstancias indicadas. Todos habrían concordado en que al haber perdido una significativa cantidad de dinero, lo único que la mujer tenía que hacer era buscar la moneda con diligencia hasta encontrarla. Esta parábola también estaba dirigida directamente a ellos, como lo indica la enfática declaración de Cristo de os digo. Pero ellos volvieron a fallar en hacer la conexión entre su repudio despectivo por las almas perdidas y la preocupación apasionada de Dios por estas. Por tanto los escribas y fariseos no participaron del gozo que hay delante de los ángeles de Dios, que tienen gran interés en la redención que produce el gozo de Dios (cp. Mt. 18:10; 25:31; Lc. 2:10-14; 1 P. 1:12; Ap. 3:5) por un pecador que se arrepiente. El gozo del que se habla aquí es el gozo de Dios, la alegría que llena el cielo, y en el que participan los ángeles y los redimidos (cp. Ар. 4:8-11; 5:8-14).

La acusación que el Señor les hizo a los escribas y fariseos fue clara e inevitable. ¿Cómo podían ellos ratificar la responsabilidad ética de un pastor por buscar una oveja perdida, y la de una mujer por buscar una dracma perdida, mientras condenaban a Jesús por tratar de recuperar almas perdidas? ¿Cómo podían entender el gozo de hombres y mujeres humildes en una aldea debido a una recuperación temporal, y dejar de comprender totalmente el gozo de Dios en el cielo por la salvación eterna?

Los elementos teológicos y cristológicos de esta breve parábola son claros. La mujer representa a Dios en Cristo quien busca a pecadores perdidos entre las grietas, el polvo y los escombros de un mundo mancillado por el pecado. Fue Dios quien por medio de su elección soberana inició la búsqueda de aquellos pecadores que le pertenecían, puesto que al igual que la moneda sin vida ellos no pueden hacer nada por su cuenta (Ef. 2:1-3). Jesús recorrió todo el trayecto desde el cielo a la tierra para buscar a los suyos que se habían perdido, rebuscando a pecadores en cada rincón siniestro, y haciendo luego que sobre ellos brille la luz del glorioso evangelio (2 Co. 4:5-6; 1 Ti. 1:11). Después de haber hallado al pecador perdido, Dios en Cristo lo restaura al divino tesoro celestial, y luego expresa el gozo en el cual participan los santos habitantes del cielo.

Rescatar a los perdidos requiere gracia costosa. El Hijo inmaculado de Dios se convirtió en hombre, vivió con pecadores, llevó en la cruz la ira de Dios por el pecado, y resucitó triunfante de la tumba. Ninguno de los falsos dioses de las religiones del mundo son como el Dios vivo y verdadero, quien busca y salva a pecadores indignos porque los valora como propios; Él convierte a sus enemigos en amigos por el simple placer que recibe al salvarlos.

Pero que Dios busque y salve a pecadores perdidos no sucede al margen del arrepentimiento de estos. Tal realidad no forma parte de las historias de la oveja y la moneda, ya que estas no son personas. Sin embargo, constituye un tema en la última y más larga de las tres parábolas de este capítulo: la historia de dos hijos y un padre amoroso (vv. 11-32), que es el tema del próximo capítulo de esta obra.

Extraído del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento Lucas, de John MacArthur.