LA VIDA ETERNA
El Cuarto Evangelio expresa que su propósito es conseguir que sus lectores puedan llegar a conocer el camino hacia la vida eterna por medio de la fe en Jesús el Mesías (Jn. 20:31). El objetivo de la venida de Jesús al mundo fue que las personas pudieran gozar de esa vida (10:10). Ella es el tema central de las enseñanzas de Jesús según Juan; pero en los Evangelios Sinópticos, es la proclamación del Reino de Dios. Además, Juan pone un énfasis especial en que la vida eterna es una experiencia actual, algo que está ausente en los Sinópticos y en el judaísmo.
Los datos lingüísticos.
En Juan la palabra Zoe aparece treinta y seis veces, el infinitivo zen dieciséis, y el verbo compuesto zoopoiein tres. La expresión zoe aionios aparece diecisiete veces sin que su significado presente alguna diferencia significativa con respecto a la forma simple zoe. El adjetivo aionios no reviste en sí mismo una importancia cualitativa, pero designa una vida diferente a la vida humana.
Antecedentes judíos.
El significado básico de "vida" en el Antiguo Testamento no es inmortalidad o vida después de la muerte, sino bienestar completo en la existencia terrenal. Esto quiere decir que la vida, expresada en las buenas dádivas de Dios, debe disfrutarse en relación con Él (Dt. 30:15-20). En el transcurso del tiempo, este sentimiento de que la vida significaba comunión con Dios y el disfrute de su presencia y de sus bendiciones, llevó al convencimiento de que ni siquiera la muerte podría destruir esta relación sino que, de algún modo, el Dios vivo haría posible que su pueblo trascendiera la muerte.
La vida en el gnosticismo.
Si el hombre pudiera disipar su ignorancia y aprender cuál es su verdadero ser, esta gnosis le devolvería a la Vida y a la Luz (1.21). La gnosis se alcanza a través del ascetismo y del desprecio de los sentidos corporales. En la muerte el hombre que ha alcanzado la gnosis asciende por etapas a las esferas celestiales, renunciando a las diferentes pasiones en cada una de ellas hasta que llega a Dios, llega a ser uno con Dios.
La vida en los Sinópticos.
Los Evangelios Sinópticos también hablan de la vida eterna: pero en ellos, como en el judaísmo, se trata de la vida del Siglo Venidero. Esta vida eterna es la vida del Reino de Dios, que se heredará en el Siglo Venidero. La venida del Hijo del Hombre llevará a cabo una separación entre los hombres: los malos sufrirán el castigo eterno y los justos la vida eterna (Mt. 25:46). En algunos lugares de los Sinópticos, la palabra "vida" se utiliza para referirse a esta bendición escatológica. En ellos, las palabras "vida" y "vida eterna" y su significado redentor son siempre una bendición escatológica futura (Lc. 10:25).
La vida eterna en Juan: Escatología.
En el Cuarto Evangelio, la vida tiene un carácter escatológico. La actitud judía se refleja en la expectativa de encontrar la vida eterna en las Escrituras (Jn. 5:39). Según las enseñanzas rabínicas el estudio de la Torá llevaría a la "vida del Siglo Venidero"." Cuando Jesús dijo que "el que desobedece al Hijo no verá la vida" (3:36), se refería al destino último del hombre. Este carácter escatológico de la vida se ve muy claramente en Juan 12:25. Esta forma juanina proclama de una forma más clara una estructura antitética de los dos siglos de los Evangelios Sinópticos, cuando aparece una idea similar.
La vida eterna: presente y futura.
Aunque la vida eterna es escatológica, el énfasis del Cuarto Evangelio no está en mostrar a las personas el camino de la vida del Siglo Venidero, sino en conducirlas a una experiencia actual de la misma. Esta enseñanza de que la vida del Siglo Venidero está presente en el creyente, no se explicita en los Sinópticos.
La dimensión futura de la vida eterna incluye la resurrección del cuerpo; y aquellos a los que Jesús ha dado vida eterna, resucitarán al final (6:40, 54). Jesús es vida y resurrección. El que cree en él puede morir físicamente; pero vivirá de nuevo en el último día. Como ya tiene la vida por medio de la fe en Jesús, nunca morirá (11:25-26).
En los dichos de la vida eterna como bendición escatológica, Juan está de acuerdo con los Evangelios Sinópticos. Su insistencia en la vida como realidad espiritual presente, tiene un énfasis diferente al de los Sinópticos. Piper afirma que el mensaje de Juan acerca de la vida tiene su raíz en la idea veterotestamentaria de que Dios es vida. Ha impartido su vida a las personas a través de la encarnación de la eterna "palabra de vida". La resurrección escatológica no extraña al pensamiento de Juan sino que es la manifestación plena de la vida en los creyentes." Esto puede ser ilustrado por la analogía entre la enseñanza juanina de la vida y la enseñanza sinóptica del Reino de Dios. Vale la pena advertir que en Juan la vida eterna se menciona en primer lugar después de las únicas referencias del Evangelio al Reino de Dios (3:15).
Tanto en los Sinópticos como en Juan, la vida eterna es la del Siglo Venidero. En los Sinópticos esta vida también es la del Reino de Dios, el cual pertenece al Siglo Venidero. Sin embargo el único elemento de la predicación de Jesús sobre el Reino en los Sinópticos, es que el Reino escatológico ha irrumpido en este siglo. El Reino ha venido (Mt. 12:28), aunque el Siglo Venidero es siempre futuro. Del mismo modo, Juan afirma que la vida que pertenece al Siglo Venidero ha venido ya a los hombres. "En esto, zoe aionios en Juan se parece al Reino de Dios en los Evangelios Sinópticos, lo que es propiamente una bendición futura se convierte en un hecho presente en virtud del futuro en Cristo","
Por tanto, aunque el lenguaje es diferente, y no debemos identificar el Reino de Dios con la vida eterna, la estructura teológica subyacente es la misma, aunque expresada con categorías diferentes. Si la vida eterna es en realidad la vida del Reino escatológico de Dios, y el Reino está presente, se sigue que cabría esperar que éste proporcionara a los hombres un anticipo de la vida del siglo futuro.
Es evidente, que no hay demasiadas similitudes entre la idea juanina de vida eterna y el concepto gnóstico-hermético; la vida se recibe por fe; y la posesión de la vida eterna garantiza al creyente su participación en la resurrección escatológica. En la tradición Hermética, aunque la vida pertenece a Dios, el hombre puede alcanzarla después de la muerte gracias al control ascético y a la supresión de los apetitos corporales. Esta gnosis parece estar al alcance de todas las personas, porque el autor de Poimandres concluye con una nota evangelística cuando llama a los hombres que se han entregado a la ebriedad e ignorancia de Dios a que despierten a la sobriedad, dejen de saturarse de bebidas fuertes y de adormecerse en un sueño desprovisto de razón, para poder contemplar la belleza de la piedad y del conocimiento de Dios. Ve a los seres humanos como personas que se han entregado a la muerte cuando tienen el poder de compartir la inmortalidad. Les conmina a que se liberen de las tinieblas, a apoderarse de la Luz y así compartir la inmortalidad y abandonar la corrupción (Corp. Herm. 1.27-29).
Diosere La naturaleza de la vida eterna: conocimiento de Dios.
Hay una cuestión que aclara la íntima relación que hay entre la vida eterna en su aspecto presente y en su consumación futura. Una afirmación explica la naturaleza de la vida eterna: el conocimiento de Dios es mediado por Jesucristo (17:3). Barrett considera esto como "una definición de la vida eterna"," y tanto Dodd como Piper entienden que es una afirmación de la naturaleza de la vida eterna." Esto suscita otra pregunta en cuanto a la naturaleza del conocimiento. ¿No es esto un ejemplo claro de la influencia gnóstica, de la salvación por el conocimiento? Dodd así lo cree. Afirma: "En los escritos herméticos y en los juaninos, el conocimiento de Dios que proporciona vida eterna, es para aquellos que han pasado por el nuevo nacimiento, es decir, han pasado del reino del soma ("cuerpo") o sarx ("carne") al reino del nous ("mente") o pneuma ("espíritu"). Una afirmación tan clara como
ésta exige que examinemos la idea griega de conocimiento, que la comparemos con la hebrea y que analicemos el pensamiento de Juan de acuerdo con este doble contexto.
El conocimiento en el pensamiento griego.
En el contexto griego el conocimiento se entiende de dos formas diferentes. En el pensamiento filosófico significaba la contemplación de un objeto para asegurarse de sus cualidades esenciales. La mente, por medio de la razón puede captar la esencia permanente de las cosas. El conocimiento es la aprehensión de la realidad última.
En el pensamiento gnóstico, tal y como lo encontramos en los escritos herméticos, el conocimiento no es pensamiento racional. Es más bien una aprehensión directa de Dios por medio de la mente (110US), a través de una intuición directa y una iluminación interna. Bultmann enfatiza que en la tradición Hermética este conocimiento no es una capacidad natural sino una iluminación divina, un don de Dios." Esto es verdad. Dios, que es nous, viene a los que son piadosos y les da un conocimiento salvador (Corp. Herm. 1.22). Dios desea ser conocido por la humanidad. Es evidente que los escritos herméticos son gnósticos ya que enfatizan constantemente la necesidad de la gnosis como una forma de salvación. La gnosis lleva a la visión de Dios de hecho, a la unidad con Dios a la deificación (Corp. Herm. 1.26). Esta gnosis es una especie de visión mística extática, no un pensamiento racional.
El primer tratado, Poimandres, describe la experiencia de su autor. Cayó en un sueño extraordinario que puso freno a sus sentidos corporales y tuvo una visión en la que llegó a entender la verdadera naturaleza del universo y de su propio yo (1.30). Esto le capacitó para alcanzar la verdadera gnosis (1.27, 32), el aliento divino de la verdad (1.30).20 A Dios sólo se le puede ver con el corazón y la mente (VI1.2).
En el tratado acerca de la regeneración, se describe la experiencia de la deificación: "Habiendo sido conducido por Dios al descanso, Oh Padre, vi no con la visión de los ojos sino con la energía espiritual procedente de los Poderes. Estoy en el cielo, en la tierra, en el agua, en el aire; estoy en los animales, en las plantas; estoy en el vientre, soy antes del vientre (nacimiento); soy después del nacimiento, en todas partes" (XIII.11). El que ha nacido de nuevo "será Dios, el Hijo de Dios, el todo en todos, compuesto de todos los Poderes" (XIII.2). "Viendo en mí mismo una visión no constituida de materia, producida por la misericordia de Dios, he pasado de mí mismo para entrar en un cuerpo inmortal y ya no soy lo que era sino que he nacido de nuevo en la mente" (XIII.3). Tal persona que ha alcanzado el conocimiento y se ha convertido así en uno con Dios pasará después de la muerte por las esferas de una inmortalidad bendita.
Esta visión beatífica que da conocimiento está al alcance de todos si controlan, dominan y destruyen sus apetitos corporales. "Si primero no odias tu cuerpo, hijo mío, no te puedes amar a ti mismo; pero si te amas a ti mismo, tendrás mente, y teniéndola, también participarás del conocimiento (...) No es posible, hijo mío, dedicarte tanto a las cosas mortales como a las divinas. Porque así como hay dos clases de cosas, las corpóreas y las incorpóreas (...) y estas dos categorías participan de lo mortal y de lo divino, uno se
enfrenta con la elección de uno u otro, si quiere escoger; porque no es posible tomar al mismo tiempo lo uno y lo otro" (IV: 6).
El contenido de este conocimiento es el autoconocimiento en el sentido de que el ser humano reconoce su verdadera naturaleza y su verdadero lugar en el universo. "Dios el Padre es Luz y Vida; el hombre nació de él. Si, pues, aprendes que tú mismo provienes de la Vida y de la Luz, volverás a ir a la vida" (1.21). Esto significa que la persona que posee conocimiento sabe por qué y por quién fue creado no para placeres corporales sino para la Mente (IV:4-5). El que conoce su verdadera naturaleza despreciará su cuerpo y así podrá ascender a Dios después de la muerte.
El conocimiento en el Antiguo Testamento.op El conocimiento se entiende de una forma muy diferente en el Antiguo Testamento.
Tiene más que ver con la experiencia que con la contemplación o el éxtasis. "El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento" (Is. 1:3). Las bestias reconocen a su dueño y con obediencia ocupan su lugar en la cuadra; del mismo modo debería Israel reconocer a su Señor y obedecerle. El conocimiento conlleva relación, comunión, preocupación. "Jehová conoce el camino de los justos" (Sal. 1:6). Su conocimiento de Israel significa su elección como pueblo (Am. 3:2; Jer. 1:5; Os. 5:3) Aquellos a los que Dios no conoce quedan excluidos de su familia (Sal. 138:6).
El conocimiento de Dios del ser humano significa respuesta, obediencia, comunión, una relación que en el Antiguo Testamento se hace más visible por su ausencia que por su presencia Gu. 2:10; Jer. 10.5; Is. 45:4, 5, 20; Os. 5:4). Que tal conocimiento sea posible puede verse en pasajes como Isaías 26:13 (LXX), Salmo 36:10 (LXX 35:10), 87:4 (LXX 86:4); pero esos textos son excepcionales. De hecho se suponía que los profetas conocían a Dios (1 S. 3:7), pero en ningún lugar alguno de ellos dice que conoce a Dios; y rara vez afirman que Israel conozca a Dios. Antes bien, el conocimiento de Dios es la meta de la humanidad (Jer. 9:24). En su inmensa mayoría los pasajes sobre el conocimiento de Dios tienen que ver con una exhortación, aspiración o promesa (1 Cr.28:9).
Este conocimiento de Dios es la meta del Reino de Dios y se cumplirá en la consumación escatológica. Jeremías habla de un futuro nuevo pacto en el que Dios escribirá su Ley en el corazón, y se 'hará realidad la comunión del pacto. "Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado" (Jer. 31:34). Esta misma verdad se presenta en la versión griega de Oseas 6:2-3: "En el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová". Conocer al Señor es vivir ante Él, tener vida eterna.
El conocimiento en Juan.
Aunque en realidad hay algunas coincidencias entre el lenguaje juanino del conocimiento de Dios y el de la tradición Hermética," el contenido es totalmente diferente. En Juan el conocimiento es una relación experimental. Existe una relación íntima y mutua entre el Padre y el Hijo; a su vez, Jesús conoce a sus discípulos, y ellos le conocen; y al conocerle, conocen también a Dios. "Conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre" (10:14-15). La separación del mundo de los discípulos se debe a que conocen a Jesús, mientras que aquél no le conoce (17:25). Gracias al conocimiento íntimo entre el Padre y el Hijo, éste puede mediar el conocimiento de Dios a sus discípulos (14:7).
La importancia de la misión de Jesús de conducir a las ión de Jesús de conducir personas al conocimiento de Dios puede apreciarse en la afirmación que se repite varias veces de que el mundo, al contrario que sus discípulos, no le conoce (1:10; 8:55; 16:3; 17:25). Sin embargo, la misión de Jesús debe extenderse por medio de sus discípulos, los cuales deben demostrarse un amor tan especial que el mundo pueda llegar al conocimiento de Jesús a través de Él
El conocimiento de Jesús incluye el conocimiento del significado de su misión. Es el enviado del Padre (17:8,25); es el "yo soy" que viene para hablar la palabra de Dios (8:28); él y el Padre moran el uno en el otro (10:38), aunque el Hijo es completamente dependiente del Padre (17:7).
Debería resultar obvio que el conocimiento de Dios del que habla Juan es diferente al conocimiento hermético. Esencialmente tiene que ver con una relación personal. El conocimiento de Dios en Juan está mediado por la carne, por medio de la Palabra que se hizo carne. Pneuma en Juan no equivale a nous, es el Espíritu Santo de Dios presente en la persona de Jesús. El conocimiento de Dios está mediado por la fe, no por la supresión de los sentidos corporales. Las personas no ignoran a Dios porque se entreguen a los placeres corporales sino porque rechazan a Jesús. Más aún, el conocimiento de Dios no lleva a la unión del yo con Dios sino a una vida de amor y obediencia.
Así pues, mientras que Juan utiliza un lenguaje helenista, "lo hace con el fin de presentar de una forma apologética lo que es un concepto típicamente hebreo del conocimiento". En realidad, este conocimiento de Dios puede verse como la bendición escatológica prometida en el Antiguo Testamento. Si la vida eterna es la del Siglo Venidero que Jesús ha traído a los seres humanos, entonces no debemos sorprendernos de que ésta se explique en términos del conocimiento de Dios, que es, desde la perspectiva del Antiguo Testamento, una bendición escatológica. Si la presencia de la vida eterna es escatología hecha realidad, también lo es el conocimiento de Dios. La comunión íntima con Dios prometida como una bendición en su Reino escatológico se ha acercado a la humanidad en Jesús.
La visión de Dios.
Este conocimiento de Dios se asocia también con una visión de Él. "Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto" (14:7). El judaísmo creía que la visión de Dios era imposible en esta vida; era una bendición reservada para la hora de la muerte o para el Siglo Venidero. Como las bendiciones del Siglo Venidero ya han llegado a la humanidad, en Juan la visión de Dios puede hacerse realidad. Ésta es, sin embargo, una experiencia mediada. Sigue siendo cierto que "a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer" (1:18). Pero como Cristo ha venido al mundo, aquél que le ha visto ha visto al Padre (14:9); el que lo contempla, contempla a aquél que lo ha enviado (12:45). Por esta razón, en este Evangelio se enfatiza mucho ver y contemplar a Cristo (1:14; 6:36, 40; 9:37; 14:19; 16:16-17).
Es obvio que esta "visión de Dios" difiere totalmente del misticismo de la tradición Hermética. La visión de Dios que presenta Juan no es ni extática ni mística; es una confrontación y un reconocimiento personal, mediados por Jesús.
Conocimiento de la verdad.
Si la vida eterna se puede definir en función del conocimiento de Dios, tiene como paralelo el conocimiento de la verdad. "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (8:32). Sin duda alguna, en Juan hay una relación íntima entre vida y verdad: Jesús es el camino, la verdad y la vida (14:6). Es la verdadera luz (1:9) y al mismo tiempo la vida de la humanidad (1:4). Ofrece conocimiento del verdadero Dios (17:3), lo cual significa vida para ellas. Es el pan verdadero (6:32) que ha venido del cielo para dar vida (6:33).
En el texto acerca de conocer la verdad (8:32) Dodd cree que la "verdad" equivale al ámbito de la realidad pura, e ignora casi totalmente las asociaciones hebreas que subyacen a la misma en la LXX. Este conocimiento de la verdad es una concepción griega típica, y que tal conocimiento traiga la libertad también armoniza con el pensamiento griego.
No cabe duda de que un griego, al leer estas palabras las entendería en términos del pensamiento helenista como hace Dodd. "Verdad" en griego designa la realidad en contraposición con la falsedad o con la simple apariencia e irrealidad, y este dicho sugeriría a la mente griega la libertad por medio de la aprehensión intelectual de la realidad. Esto parece muy distinto al concepto hebreo de "verdad" (emeth), que es "constancia", "fiabilidad", o "firmeza, fidelidad" (emunah). Dodd señala que aletbeia es primordialmente una categoría intelectual mientras que emetb es una categoría moral, y ha realizado un estudio fascinante de los cambios de significado del hebreo emeth a la aletheia de la Septuaginta, donde la "fidelidad" de Dios pasa a ser la "verdad" abstracta en Dios.
Sin embargo, es una solución demasiado fácil de un problema muy complejo proponer un simple contraste entre la "fidelidad" hebrea y la "verdad abstracta" griega e interpretar a Juan en función de lo último. Si bien el concepto juanino de "verdad" está sin duda relacionado con el concepto griego de realidad, su significado fundamental debe
encontrarse frente al trasfondo hebreo. El apoyo de esta tesis exige un breve repaso del concepto veterotestamentario de emeth.
La verdad en el Antiguo Testamento.
Cuando emeth se aplica a personas o cosas significa su fiabilidad y su condición como dignas de confianza. La persona que actúa con emeth tiene una conducta fiable porque reconoce los vínculos familiares y amistosos y actúa con lealtad (Gn. 24:49; 42:16: 47:29; Jos. 2:14). Un testigo "verídico" (un testigo emeth) es aquél en cuya palabra se puede confiar porque se corresponde con los hechos (pr. 14:25). Usada así, emeth se aproxima al griego aletheia, "realidad". Las acciones, palabras, informes o juicios son emeth fiables porque se corresponden con los hechos (Dt. 13:14; 22:20; 1 R. 10:6; 22:16: Pro 12:19; Zac. 8:16). "Simiente emeth" (Jer. 2:21) es una semilla en cuya cualidad se puede confiar. "Una paz emeth" es una paz digna de confianza, perdurable Jer. 14:13). 'Justicia emeth" es una justicia en la que se puede confiar, una justicia genuina (Ez. 18:8).
Emeth adquiere un uso significativo en el Antiguo Testamento cuando se describe a Dios, o mejor aún, cuando se describe la naturaleza de los actos de Dios. Em6th no describe primordialmente a Dios en sí mismo, sino la naturaleza de sus acciones cuando trata con su pueblo. Se puede confiar en Dios; no es arbitrario ni caprichoso. Por tanto su pueblo puede confiar en que su trato con él es emeth fiel. Con frecuencia se une emeth con besed, que designa la lealtad de Dios en el cumplimiento de sus promesas y de su pacto." Dios manifestó su besed y su eme: guiando al siervo de Abraham para que encontrara esposa para Isaac (Gn. 24:27). Manifestó su besed y su emet a Jacob haciendo que prosperara en la casa de Labán (Gn. 32:10). Su besed y su emet se puiseron de manifiesto de una forma especial cuando dio el pacto en el Sinaí (Ex. 34:6) y son el fundamento del trato de Dios con su pueblo.
Dios también muestra su emet castigando a los malos (Sal. 54:5); actúa de acuerdo con lo que es. El Dios emet (2 Cr. 15:3; Jer. 10:10) no es el custodio de alguna entidad abstracta llamada "verdad" o perteneciente al ámbito de la verdad eterna en contraposición con la apariencia; es el Dios en el que se puede-confiar, que está en condiciones de actuar, y cuyo cuidado por su pueblo es seguro. Claro está, esto nos lleva a un concepto del verdadero Dios contrastado con los dioses falsos o irreales; pero Él es el verdadero Dios porque puede actuar, porque puede visitar la tierra con juicio y con bendición, y porque sus actos son dignos de confianza y fiables. El pueblo de Dios debe, por tanto, glorificarle de tal modo que su hesed y emet se hagan evidentes, y los gentiles no puedan burlarse preguntándose, "¿Dónde está ahora su Dios?" (Sal 115:1-2).
La emet de Dios también es escatológica. La salvación futura del Israel restaurado significará la manifestación del emet de Dios prometido a Jacob, y el hesed prometido a Abraham (Mi.7:18-20). Dios morará entre su pueblo y será "a ellos por Dios en verdad y en justicia" (Zac. 8:8). Este perfeccionamiento de la comunión entre Dios y su pueblo será la última manifestación de su emet.
Como respuesta a los actos de emet, Dios busca la respuesta de las personas en emet. Los que temen a Dios son llamados personas eme: (Éx. 18:21; Neh. 7:2), es decir, personas que responden fielmente al eme: de Dios. Él siempre actúa con emet, pero el ser humano responde frecuentemente con maldad (Neh. 9:33). Se invita a las personas a servir a Dios con emet (Jos. 24:14; 1 S. 12:24), a caminar en eme: (1 R. 2:4; 2 Cr. 31:20; Sal. 26:3; 86:11; Is. 38:3). En esencia eme: se convierte en la voluntad revelada de Dios.
Esto proporciona un trasfondo que permite entender afirmaciones en las que "verdad" o eme: se utiliza en solitario. El deseo de Ezequías de ver "paz y eme!" en sus días (2 R. 20:19) se refiere simplemente a "seguridad" (RV), pero a una seguridad que es el resultado de la fidelidad de Dios, el cual protege a su pueblo. El fracaso de eme: es una situación en la que las personas no viven de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (Is. 59:15; Dan. 8:12). Cuando "la hesed y la emet se encontraron", y "la verdad brotará de la tierra" (Sal. 85:10-11), Dios manifiesta su salvación, llenando la tierra de gloria y dando a su pueblo lo que es bueno (Sal. 85:9, 12). Cuando Jerusalén se convierta en una ciudad de verdad (Zac. 8:3), será el lugar donde se manifieste la voluntad de Dios y su pueblo responda a la misma, y por tanto gozará de su salvación.
La verdad y el conocimiento de Dios son conceptos que están relacionados. La desobediencia de Israel significa que "no hay eme: ni besed, ni conocimiento de Dios en la tierra" (Os. 4:1). Sin embargo, la salvación futura de Israel se describe con las palabras "y te desposaré conmigo en fidelidad [emunah, palabra emparentada], y conocerás a Jehová" (Os. 2:20).
La verdad en Juan.
"Es obvio que para Juan la aletheia es la emet del Antiguo Testamento. Está claro en los dos primeros usos de la palabra al comienzo del libro: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (1:14), "pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (1:18). "Gracia" y "verdad" equivalen al hesedy emet del Antiguo Testamento, así que la interpretación juanina del Cristo encarnado debe hacerse de acuerdo con la comprensión de la historia redentora del Antiguo Testamento.
Debe notarse que éste es el único lugar del Nuevo Testamento en el que aparecen juntos los equivalentes del hesed y emet. El amor del pacto (hesed) y la constancia (emeh) que Dios ha manifestado a lo largo de la historia de Israel han llegado ahora a su plenitud en la encarnación. De hecho, este cumplimiento de los actos redentores de Dios en la historia es de tal embergadura que establece un claro contraste con todo lo que Dios ha hecho en el pasado; porque la plena comprensión de la gracia y la verdad de Dios, que nunca pudo alcanzarse en la Ley mosaica, ahora se encarnan en Cristo.
Estos dos dichos indican que todas las manifestaciones anteriores del besed y del emet de Dios apuntaban, de hecho, hacia la acción de Dios en Cristo. El contraste entre la ley y Cristo no es absoluto, como se demuestra en 5:39, donde el Antiguo Testamento no es un fin en sí mismo sino un testigo de la verdad (5:33) que está en Cristo (ver también 5:46;