En su muchas veces publicado libro El pastor reformado, el puritano del siglo diecisiete Richard Baxter escribió:
Cuídense mucho de no vivir en aquellos pecados contra los cuales predican a otros, no sea que ustedes sean culpables de lo que condenan a diario. ¿Acaso van a ocuparse en magnificar a Dios, y tras hacerlo proceder a deshonrarle tanto como los demás? ¿Van a proclamar el poder soberano de Dios y al mismo tiempo condenarlo, siendo rebeldes en sus propias vidas? ¿Van a predicar sus leyes y a transgredirlas a sabiendas? Si el pecado es maldad, ¿por qué ustedes viven en él? Si no lo es, ¿por qué disuaden a los hombres de cometerlo? Si es peligroso, ¿cómo se arriesgan a caer en él? Si no lo es, ¿por qué no se lo dicen a los hombres? Si las amenazas de Dios son verdaderas, ¿por qué ustedes no las temen? Si son falsas, ¿por qué imponen sobre los hombres la molestia innecesaria de considerarlas para qué les generan grandes terrores sin causa? ¿Han entendido ustedes el juicio de Dios, "que los que practican tales cosas son dignos de muerte", y no obstante las hacen? Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, o adulterar, o emborracharse, o codiciar, ¿tú mismo lo haces? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? ¿Cómo es posible que la misma lengua que habla contra la maldad hable maldad? ¿Acaso los labios que censuran, calumnian y murmuran contra el prójimo, pueden pronunciarse en contra de éstas y otras cosas semejantes en otros?
Cuídense de caer en esto, no sea que condenen el pecado y al mismo tiempo no lo venzan; no sea que, mientras procuran condenarlo en otros, se inclinen ante él y se conviertan en sus esclavos. "El que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció". "Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia". ¡Oh, hermanos! Es más fácil reprobar el pecado que vencerlo. Hay muchos sastres que se visten de harapos al mismo tiempo que elaboran costosos vestidos para otros, y muchos cocineros que apenas pueden relamer sus dedos después de preparar para otros los platos más exquisitos.
(Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1974], pp. 67-68)