Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. (8:12-13)
En su muchas veces publicado libro El pastor reformado, el puritano del siglo diecisiete Richard Baxter escribió:
Cuídense mucho de no vivir en aquellos pecados contra los cuales predican a otros, no sea que ustedes sean culpables de lo que condenan a diario. ¿Acaso van a ocuparse en magnificar a Dios, y tras hacerlo proceder a deshonrarle tanto como los demás? ¿Van a proclamar el poder soberano de Dios y al mismo tiempo condenarlo, siendo rebeldes en sus propias vidas? ¿Van a predicar sus leyes y a transgredirlas a sabiendas? Si el pecado es maldad, ¿por qué ustedes viven en él? Si no lo es, ¿por qué disuaden a los hombres de cometerlo? Si es peligroso, ¿cómo se arriesgan a caer en él? Si no lo es, ¿por qué no se lo dicen a los hombres? Si las amenazas de Dios son verdaderas, ¿por qué ustedes no las temen? Si son falsas, ¿por qué imponen sobre los hombres la molestia innecesaria de considerarlas para qué les generan grandes terrores sin causa? ¿Han entendido ustedes el juicio de Dios, "que los que practican tales cosas con dignos de muerte", y no obstante las hacen? "Tú, pues, que enseñas a otro, no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar", o adulterar, o emborracharse, o codiciar, tú mismo lo haces? "Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? ¿Cómo es posible que la misma lengua que habla contra la maldad hable maldad? ¿Acaso los labios que censuran, calumnian y murmuran contra el prójimo, pueden pronunciarse en contra de éstas y otras cosas semejantes en otros? Cuídense de caer en esto, no sea que condenen el pecado y al mismo tiempo no lo venzan; no sea que, mientras procuran condenarlo en otros, se inclinen ante él y se conviertan en sus esclavos. "El que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció". "Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia". ¡Oh, hermanos! Es más fácil reprobar el pecado que vencerlo Hay muchos sastres que se visten de harapos al mismo tiempo que elaboran costosos vestidos para otros, y muchos cocineros que apenas pueden relamer sus dedos después de preparar para otros los platos más exquisitos. (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1974], pp. 67-68)
Pablo acaba de dejar en claro (vv. 5-11) que todo cristiano genuino es habitado por el Espíritu de Dios mismo y que por lo tanto su nueva vida espiritual no va a estar caracterizada por intereses y actividades mundanos y carnales, sino por las cosas de Dios. Ahora el énfasis del apóstol pasa en los versículos 12-13 a la responsabilidad que el creyente tiene de eliminar el pecado en su vida por medio del Espíritu que mora en él.
Con la frase Así que, Pablo hace recordar a sus lectores los magníficos privilegios de victoria sobre el pecado con que cuenta un cristiano gracias a que el Espíritu Santo reside en él. En los once versículos anteriores del capítulo 8, él ha señalado entre otras cosas, que los creyentes ya no se encuentran bajo la condenación de Dios, que han sido librados de la ley del pecado y de la muerte, que ya no están bajo la dominación del pecado, que ahora andan por el Espíritu, que tienen mentes ocupadas de lleno en el Espíritu, y que tienen vida y paz por medio del Espíritu.
Todas las exhortaciones bíblicas dadas a creyentes están basadas en las bendiciones y promesas que ya han recibido de parte del Señor. Sin las provisiones que tenemos de su parte, nosotros seríamos incapaces de cumplir los mandamientos que recibimos de Él. Los hijos de Israel, por ejemplo, no recibieron la orden de tomar posesión de la tierra prometida hasta que esto les fue prometido por Dios y hasta que estuvieron preparados por Él para conquistarla. En su carta a los romanos, las principales exhortaciones de Pablo empiezan a partir del capítulo 12, después que él ha recordado a sus lectores en numerosas ocasiones cuáles son los grandes privilegios espirituales con que cuentan. En Efesios él da primero tres capítulos que constituyen básicamente una larga lista de beneficios espirituales. Justo antes de su bella doxología al final del capítulo 3, Pablo ora pidiendo que Dios les "dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Ef. 3:16-19). Es únicamente en ese punto que él procede a animar a los hermanos creyentes a "que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados" (4:1). Pueden encontrarse patrones similares en sus cartas dirigidas a Galacia, Colosas y Filipos, en secciones precedidas por palabras tales como pues y por tanto.
Antes de que el apóstol da la amonestación en el presente texto, él se refiere afectuosamente a sus lectores como hermanos, para identificarlos como cristianos hijos de un mismo Padre a quienes su Dios les promete victoria sobre la carne. Él escoge un término de estima e igualdad, no de superioridad o paternalismo, para referirse a sus hermanos y hermanas en Cristo.
A continuación Pablo procede a establecer el patrón de Dios para la victoria sobre la carne. Como hijos de Dios habitados por su Espíritu, los creyentes somos deudores, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne. La carne es el reprobable complejo de deseos humanos pecaminosos que incluye los motivos, afectos, principios, propósitos, palabras y acciones impías que el pecado genera por medio de nuestro cuerpo. Vivir conforme a la carne equivale a ser gobernado y controlado por ese complejo maligno de inclinaciones. Gracias a la obra salvadora de Cristo en nuestro favor, la carne pecaminosa ya no reina sobre nosotros para debilitarnos y arrastrarnos al foso de depravación en el que todos estábamos por nacimiento. Por esa razón, nosotros ya no estamos regidos por la carne para vivir de acuerdo a sus hábitos pecaminosos.
Todos los que viven conforme a la carne, deben morir. El apóstol no está aquí haciendo una advertencia a creyentes genuinos en el sentido de que puedan perder su salvación y ser condenados a muerte si recaen en alguna de las costumbres de la carne. Él ya ha dado la certeza absoluta de que "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (8:1). Más bien, él está diciendo que una persona cuya vida está caracterizada por las cosas de la carne no es un verdadero cristiano y está muerto espiritualmente, sin importar cuáles puedan ser sus afiliaciones o actividades religiosas. Si esa persona no acude a Cristo con fe verdadera, debe morir en la muerte segunda del juicio final de Dios.
Pablo pasa a declarar nuevamente cuál es la razón por la que los cristianos genuinos ya no tienen deuda ni obligación para con el pecado y ya no están bajo su condenación. Aunque siempre habrá algún tipo de influencia residual de la carne hasta nuestro encuentro definitivo con el Señor, no tenemos excusa alguna para que el pecado continúe corrompiendo nuestra vida. La obligación y la deuda del cristiano ya no es con la carne sino con el Espíritu. Nosotros contamos con los recursos del Espíritu de Cristo en nuestro interior para resistir y hacer morir las obras de la carne que vienen como resultado de vivir conforme a la carne.
Hacer morir las obras de la carne es una característica de los hijos de Dios. El teólogo escocés David Brown escribió: "Si no matas al pecado, el pecado te matará a ti". Jesús dijo: "Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno" (Mt. 5:29-30). Ninguna acción es demasiado drástica para lidiar con el pecado; ningún precio es demasiado grande para lograr apartarnos del pecado y confiar en Jesucristo a fin de escapar de la condenación de muerte eterna en el infierno.
Pablo incluye aquí uno de los muchos pasajes de autoexamen presentes en las Escrituras. Como se indicó anteriormente, la persona que no da evidencia de la presencia, el poder y el fruto del Espíritu de Dios en su vida no puede alegar legítimamente que Cristo es su Salvador y Señor. El otro lado obvio de esa verdad es que la persona cuya vida está caracterizada por las costumbres pecaminosas de la carne, todavía está en la carne y no en