¿Por qué Dios te salvó?
No es una pregunta mala si lo piensas. Después de todo, estabas muerto en tus pecados y transgresiones (Efesios 2:1). Como descendientes del primer hombre, Adán, compartes la culpa y la corrupción, el primer peсаdo (Romanos 5:12-21). Eras un enemigo de Dios (v. 10), un pecador dado a luz en la iniquidad (Salmo 51:5), mereces la ira por naturaleza (Efesios 2:3). Eras un pecador que pecaba y merecía morir (Romanos 6:23). Pero aquí están las buenas nuevas para todo el cristiano que lee este libro: La Biblia dice que, en el tiempo correcto, Jesucristo murió por ti (5:8). El Buen Pastor entregó la vida por las ovejas (Juan 10:15). Jesús bebió la copa de ira de Dios por ti (ver Marcos 10:45). Su muerte en la cruz significa que ahora Dios es por ti y no contra ti (Romanos 3:25; 8:31-39). Por medio de la fe y a través de la vida, muerte y resurrección de Cristo, eres un hijo reconciliado, justificado y adoptado por Dios. ¡Qué buenas noticias!
Pero ¿por qué?
Quizás has pensado en cómo Dios nos salva o qué debemos hacer para ser salvos o cuándo fuiste salvo. Pero ¿alguna vez has reflexionado sobre el por qué te salvó?
Hay más de una respuesta correcta para esa pregunta. La Biblia dice que Dios nos salvó porque nos ama (Juan 3:16). También dice que Dios nos salvó para la alabanza de su propio nombre (Efesios 1:6,12,14). Esas son dos de las mejores respuestas a la pregunta de por qué.
Pero hay otra respuesta; tan buena, tan bíblica y tan importante como las anteriores. Dios te salvó para que pudieras ser santo. Presta atención a la frase de propósito en este pasaje de Efesios:
«Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él... para que seamos santos y sin mancha delante de él» (EFESIOS 1:3-4).
Dios nos escogió para salvación en la eternidad pasada, envió a Cristo para que nos salvara en la historia y nos dio el don de la fe mediante la obra del Espíritu Santo en nuestra vida para que pudiéramos ser santos.
Y observa que Pablo no habla acerca de la rectitud de Cristo pensada para cuando creemos en Jesús. Diré mucho más acerca de esto en las páginas que siguen, pero quiero que veas desde el comienzo que Efesios 1:4 (y hay muchos textos como este) habla acerca de una santidad personal que debe caracterizar la vida del creyente de los últimos días en la era presente. Pablo establece la cita para quitarse la vieja naturaleza y colocarse la nueva (4:22-24). Él piensa en ser purificado a través del lavado con agua mediante la palabra (5:26). Cuando Dios nos salva por la justicia de Cristo, lo hace para que nosotros también seamos marcados por ella. Tal como J. I. Packer lo describe: "En realidad, la santidad es el objetivo de la redención. Así como Cristo murió para que podamos ser justificados, también somos justificados con el objetivo de que podamos ser santificados y santos".
La santidad distintiva ha sido el plan de Dios para su pueblo en los dos Testamentos:
«Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de que los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi propiedad exclusiva entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (ÉXODO 19:4-6).
¿Ves otra vez la razón de la liberación divina? Dios salvó a los israelitas hacia la santidad. Dios los libertó para que anduvieran en sus caminos. Debían ser una nación de personas tan apartadas, tan santificadas, tan santas que pudieran ser sacerdotes; cada una de ellas. Todo cristiano en toda iglesia debe vivir de acuerdo con esta misma identidad sacerdotal (1 Pedro 2:9). Esta es la razón por la que Dios nos ha rescatado:
Así que no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que por su causa soy prisionero. Al contrario, tú también, con el poder de Dios, debes soportar sufrimientos por el evangelio. Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 TIMOTEO 1:8-9).
«Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad». (1 TESALONICENSES 4:7).
«Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica» (EFESIOS 2:10).
«Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él labpurificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable» (EFESIOS 5:25-27).
La Biblia no podría ser más clara. La razón de toda la salvación, el diseño detrás de la liberación, el propósito por el cual Dios te escogió en primer lugar es la santidad.
UN BIEN NECESARIO
La santidad no es solo el objetivo de la redención, es necesaria para la redención. Ahora, antes de que hagas sonar la alarma legalista, me ates con mi propio cordón moralista y les des de comer a los gálatas con mi cadáver, deberíamos ver qué dice La Escritura al respecto:
De acuerdo con Jesús: "No todo el que me dice: 'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mateo 7:21). Es posible profesar las cosas buenas y aún no ser salvo. Solo aquellos que hacen la voluntad del Padre entrarán en el Reino. Y esto significa oír las palabras de Jesús y ponerlas en práctica (v. 26).
Muchos pasajes como 1 Corintios 6:9-10 enseñan que "... los malvados no heredarán el reino de Dios". Encontramos este mismo énfasis en Gálatas 5:19-21. Es una enseñanza consistente y frecuente de la Biblia que aquellos cuya vida esté marcada por la impiedad habitual no irán al cielo. Para que Dios nos absuelva en el último día, debe existir evidencia que fluya de nosotros y que demuestre que la gracia ha fluido en nosotros.
En particular, 1 Juan delinea diversos criterios para determinar si realmente pertenecemos a Dios. Aquellos nacidos de Dios no solo confiesan al Hijo (1 Juan 2:23; 4:15) y creen que Jesús es el Cristo (5:1), también guardan los mandamientos de Dios (2:3-4), caminan como Cristo caminó (2:5-6), practican la justicia (2:29) y vencen al mundo (5:4). "Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo" (5:18).
De la misma manera, el libro de Santiago deja claro que la fe sin obras que la acompañen no es fe salvadora (Santiago 2:14). "Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta" (v. 17). Muchos cristianos han luchado para reconciliar el énfasis de las obras en Santiago con el énfasis en la fe apartado de las obras en Pablo. Pero, no hay un conflicto real. Pablo quiere que veamos que la fe es el medio instrumental para estar bien con Dios. Nada contribuye a nuestra salvación. El único fundamento es la justicia de Cristo. Por el otro lado, Santiago quiere que veamos que las evidencias de la santidad deben acompañar la fe verdadera.
Somos justificados solo por medio de la fe, pero la fe que nos justifica jamás va sola. Pablo describe una fe viva y verdadera; Santiago lucha en contra de una fe falsa que consiste en muerte espiritual y aceptación intelectual (vv. 17,19,20,26).
Y luego está Hebreos 12:14: "Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor". En otras palabras, la santidad no es una opción. Quizás alguno de ustedes piense: "Sí, esto es absolutamente cierto, debemos ser santos y se nos considera santos debido a Cristo". Eso es verdad. Y, de hecho, en algún otro lugar en Hebreos vemos que la santidad (lo que algunos teólogos llaman la "santificación definitiva" es un don que recibimos a través del Evangelio (10:10,14). Pero Hebreos 12 se trata del trabajo práctico de esta santidad posicional.
La santidad de Hebreos 12:14 no es una santidad que recibimos, sino una santidad por la cual "luchamos". Esto tiene sentido dado el contexto de disciplina en la primera mitad del capítulo 12. Los hebreos eran cristianos profesos que sufrían por su condición de cristianos y que se encontraban en peligro de naufragar en su fe (10:39). Así que Dios el Padre los disciplinó para que fueran entrenados por medio de ella en la justicia (12:11). Dios tenía el propósito de hacer que sus hijos fueran santos, debido a que la santidad debe marcar a todos aquellos que tendrán compañerismo con un Dios santo.
De forma literal, hay cientos de versículos como estos. En 1990, John Piper escribió una larga carta que todos deberían leer, se llama A Letter to a Friend Concerning the So-Called 'Lordship Salvation' [Una carta a un amigo acer-ca de la llamada 'Salvación por señorío']. En ese entonces, existía un gran debate con respecto a si podías tener a Cristo como Salvador sin tenerlo como Señor. John Ma-cArthur escribió El Evangelio según Jesucristo para ayudar a la gente a ver que la única forma de seguir verdaderamen-te a Cristo es seguirlo como Salvador y Señor. Después de que otro ministerio cuestionara el apoyo de Piper al libro, él escribió esta "Carta a un amigo". Seguir esta carta en símisma es un apéndice que enumera "Textos que señalan la necesidad de entregarse a Cristo como Señor para here-dar la vida eterna". Es una lista larga. Piper menciona seis pasajes que hablan acerca de la necesidad de hacer el bien para la vida eterna, trece pasajes que hablan acerca de la necesidad de la obediencia, dos de la necesidad de la san-tidad, dos de la necesidad de perdonar a otros, cuatro de la necesidad de no vivir de acuerdo con la carne, dos que hablan acerca de la necesidad de ser libres del amor al di-nero, catorce sobre la necesidad de amar a Cristo y a Dios, y seis acerca de la necesidad de amar a otros. Hay docenas de otros versículos que hablan acerca de la necesidad de amar la verdad, ser como niños, refrenar la lengua, per-severar, caminar en la luz, arrepentirse y pelear la buena batalla. En otras palabras, el hijo de Dios debe ser santo.
UNA EXPLICACIÓN NECESARIA
Permíteme aclarar algo desde el principio: acentuar la ne-cesidad de santidad personal no debería menoscabar de forma alguna la confianza que tenemos en la justificación solo por medio de la fe. Los mejores teólogos y las mejores oraciones teológicas siempre han enfatizado la naturaleza escandalosa de la gracia del Evangelio y la necesidad indis-pensable de santidad personal. Tanto la fe como las buenas obras son necesarias. Pero una es la raíz y la otra es el fru-to. Dios nos lo declara solamente debido a la justicia que Cristo pagó (nos imputó) por nosotros (2 Corintios 5:21). A la vista de Dios, nuestra inocencia no está, de ninguna forma, cimentada en obras de amor o actos de caridad. Mientras que un católico podría responder a la pregunta "¿Qué debo hacer para ser salvo?" diciendo: "Arrepién-tanse, crean y vivan en caridad"; el apóstol Pablo responde a la misma y exacta pregunta con: "Cree en el Señor Jesús; y así tú y tu familia serán salvos" (Hechos 16:31). El estar bien con Dios depende única y totalmente de la fe.
Pero hay más que necesitamos decir acerca de esta fe. La fe que te une a Cristo y te hace estar bien con Dios es una fe que obra en amor (Gálatas 5:6). En el último día, Dios no nos exonerará porque las buenas obras fueron lo suficientemente buenas, sino que buscará evidencia de que nuestra confesión buena no era falsa. Es en este sen-tido que debemos ser santos.
No hay nada que no sea protestante con respec-to a acentuar la necesidad de la santidad personal. Por
ejemplo, la Confesión belga (1561) dice: "No basamos la salvación en las [buenas obras]". Solo somos justifica-dos por medio de la fe, sin las obras. Pero la Confesión también dice: "Es imposible que esta fe santa sea infruc-tífera en un ser humano, al ver que no hablamos de una fe vacía, sino de lo que La Escritura llama la fe obra a través del amor". De la misma manera, el catequismo de Heidelberg (1563) enseña que solo la fe verdadera en Je-sucristo puede hacer que estemos bien con Dios. Todo lo que necesitamos hacer es aceptar este regalo de Dios con un corazón creyente. Y, sin embargo, no hay vacilación después para subrayar la necesidad de la santidad:
¿Pueden ser salvos aquellos que no se vuelven a Dios de sus formas ingratas e impenitentes? De ninguna manera. La Escritura nos dice que ningún impuro, idó-latra, adúltero, ladrón, codicioso, borracho, calumnia-dor, asaltante o similar va a heredar el reino de Dios.
Frases como estas se podrían multiplicar con facilidad al observar casi cualquier frase doctrinal oficial que haya salido de la Reforma.
En todo esto, continúa repitiendo que es Dios quien trabaja en nosotros, nos da el deseo y la capacidad para obedecer. Nosotros no ganamos nada. Se nos promete todo. Pero no tengas tanto temor de las obras y de la justicia haciendo que luzcan pálidas cuando La Biblia se escribe en negrita y con colores. Somos salvos por gracia
por medio de la fe (Efesios 2:8). Y fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras (v.10). Cualquier Evan-gelio que pretenda salvar personas sin también transfor-marlas es una invitación a la creencia facilista. Si piensas que ser cristiano no es nada más que decir una oración o asistir a una iglesia, entonces has confundido la gracia verdadera con la gracia barata. Aquellos que son justifi-cados serán santificados.
No puede existir duda o negación de lo que Dios ha dicho. Es simple en casi todas las páginas de La Biblia: se nos ordena que seamos santos, salvados para ser santos y, de hecho, debemos ser santos si queremos heredar la vida eterna.