Hace un siglo la mayoría creía que la historia iba progresando inexorablemente hacia una utopía hecha por el hombre. La revolución industrial, el paso de los descubrimientos científicos y el creciente ritmo de reformas sociales parecían augurar nada más que días más luminosos en el porvenir. Sin embargo, en la actualidad, dos guerras mundiales; innumerables guerras regionales, civiles y nacionales; incontables actos de terrorismo y una violencia sin sentido; y el casi total derrumbamiento de los valores morales, hacen que tal optimismo parezca algo ingenuo.
La Biblia enseña que las cosas estarán maravillosamente mejor, pero solo después que lleguen a estar increíblemente malas. Solo hay una solución para los problemas del mundo: el regreso de su verdadero Rey, el Señor Jesucristo, para establecer monarquía absoluta y autoridad unilateral en su reino terrenal. Solo bajo su gobierno habrá paz en vez de guerra, justicia en vez de desigualdad y rectitud en vez de maldad. Pero ese acontecimiento glorioso no ocurrirá sin la feroz oposición de Satanás, sus huestes de demonios y el mundo de malvados pecadores. La tribulación, el período de siete años inmediatamente antes de la venida de Cristo, verá el mayor de todos los imperios humanos, encabezado por el malvado genio conocido como el anticristo. La tierra estará llena de demonios, los que han estado desde el principio, los expulsados del cielo con Satanás (12:9), y los liberados de su encarcelamiento durante la tribulación (9:1-10, 14-20). La tribulación será también un tiempo de incremento de la maldad humana, a pesar del derramamiento sin precedentes de la ira de Dios en los juicios de los sellos, las trompetas y las copas. Endureciendo obstinadamente su corazón contra la verdad del evangelio, las personas, a pesar de eso, no querrán arrepentirse (9:20-21; 16:9, 11). Incluso la destrucción de la magnifica ciudad capital del anticristo, Babilonia (caps. 17-18) provocará fuertes lamentos, pero no arrepentimiento.
Pero mientras el caos y la confusión reinan sobre la tierra durante la tribulación, la Iglesia arrebatada estará presente en el cielo. La Iglesia, la novia del Cordero, estará esperando anhelante la cena de las bodas del Cordero en la milenaria tierra (19:7). Pero antes de esa maravillosa celebración, el guerrero Rey debe ganar la batalla final. Las fuerzas del cielo y del infierno se enfrentarán en la matanza culminante de la historia humana, la batalla de Armagedón. Con esa final conflagración, terminarán los días del hombre, todos los adversarios de Cristo serán derrotados, y se establecerá su reino.
El pueblo de Dios, a lo largo de la historia de la redención, ha anhelado la venida del Señor Jesucristo para que derrote a sus enemigos y establezca su reino. Ese será el tiempo en que habrá llegado la destrucción de Satanás (Gn. 3:15; Ro. 16:20), cuando el verdadero Rey reciba el cetro para reinar (Gn. 49:10); cuando Dios establecerá el trono del gran Hijo de David (2 S. 7:13; Is. 9:7); cuando el Hijo dominará sobre la tierra con vara de hierro (Sal. 2:6-9); cuando los ejércitos de Gog y Magog serán destrozados (Ez. 38-39); cuando las naciones serán juzgadas (Jl. 3:1-2, 12-14) luego de su derrota en batalla ante el Rey que regresa (Zac. 14:3-4); cuando Jerusalén será el centro del reino del Mesías (Zac. 12:3-9); cuando los ángeles reunirán a los malvados para juicio (Mt. 13:41-42; 25:41); cuando los malos enfrentarán la ira y la indignación de Dios (Ro. 2:5-9), y cuando el Señor Jesucristo descenderá en forma visible (Ap. 1:7) desde el cielo en una llama de fuego, trayendo retribución sobre los que perseguían a su pueblo (2 Ts. 1:6-9; cp. Ap. 6:9-11).
La segunda venida de Jesucristo es, por consiguiente, la culminación de la historia de la redención. Creyentes de todas las épocas han anhelado ese glorioso acontecimiento (cp. Is. 64:1-2). En realidad, el apóstol Pablo definió a los cristianos como "los que aman su venida" (2 Ti. 4:8). Sin embargo, muchos creyentes están cautivados por las cosas del mundo y no aman la llegada de Cristo como debieran. De seguro los creyentes de la tribulación no tendrán tal problema. Serán perseguidos, tenidos por parias (cp. 13:17), viviendo constantemente bajo sentencia de muerte (13:15) en un mundo indeciblemente perverso y poblado de demonios. La venida de Cristo será lo que ellos esperan y por lo que oran.
Es tan importante la segunda venida de Cristo que la Biblia relaciona varias apremiantes razones por las que Jesucristo debe volver a la tierra. En primer lugar, las numerosas promesas de Dios en las Escrituras, como las mencionadas anteriormente, exigen la venida de Cristo. De igual modo, las promesas de Jesucristo mismo también exigen su venida (p.ej., 3:11; 22:7, 12, 20; Mt. 24:27, 30, 37-44; 25:31; 26:64). La garantía del Espíritu Santo, el Espíritu de verdad (Jn. 14:17; 15:26; 16:13), es otra razón para que Jesucristo regrese, ya que Él inspiró a los escritores del Nuevo Testamento a escribir sobre la venida de Cristo (cp. 1 Co. 1:7; Fil. 3:20; Col. 3:4; 1 Ts. 4:16-17; He. 9:28; Stg. 5:7-8; 1 P. 1:13; 5:4; 1 Jn. 3:2). Si Cristo no regresa, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo serían culpables de hacer falsas promesas, lo cual, por supuesto, es imposible, ya que Dios es incapaz de mentir (Nm. 23:19; Tit. 1:2; He. 6:18). El plan de Dios para la iglesia. también necesita de la venida de Cristo. Él debe llevarla al cielo para presentarla en preparación para la cena de las bodas del Cordero (19:7-10). Jesucristo también debe venir debido al plan de Dios para las naciones, su juicio (14:14-20; JI. 3:1-2, 12-14; Mt. 25:31-46); y para Israel, la salvación del remanente de judíos creyentes (Ez. 36:25-35; 37:1ss.; Ro. 11:25-27). La humillación de Cristo en su primera venida, cuando lo despreciaron, aborrecieron y desdeñaron (Is. 53:3; Mt. 26:67; 27:27-31), exigen su venida para mostrar su gloria (Mt. 25:31). La exaltación de Satanás es otra razón por la que Jesucristo debe volver a la tierra. Al "dios de este siglo" (2 Co. 4:4; cp. Jn. 12:31; 14:30; 16:11; 1 Jn. 5:19) no se le permitirá mantener para siempre su trono usurpado (cp. Lc. 4:5-6). El legítimo heredero del trono de la tierra debe volver, derrotar al usurpador y tomar lo que legítimamente le pertenece (cp. 20:1-3, 10). Por último, la esperanza y la expectativa del pueblo de Dios exigen que Cristo regrese (6:9-10; Tit. 2:13; 1 Jn. 3:2-3).
La Segunda Venida debe distinguirse del arrebatamiento de la iglesia anterior a la tribulación de siete años; las diferentes descripciones bíblicas de los dos acontecimientos indican que son dos sucesos distintos. En el arrebatamiento, Cristo viene por sus santos (Jn. 14:3; 1 Ts. 4:16-17); en la Segunda Venida, Él viene con ellos (vea el análisis del v. 14 más adelante). Además, en el arrebatamiento, Cristo se encuentra con sus santos en el aire (1 Ts. 4:17) para llevarlos al cielo (Jn. 14:2-3); en la Segunda Venida, Él desciende con ellos del cielo a la tierra (Zac. 14:4).
Algunos tratan de armonizar esas diferencias alegando que los creyentes se encuentran con Cristo en el aire, luego descienden a la tierra con Él. Al hacer esto, hacen en esencia del arrebatamiento y la Segunda Venida el mismo suceso. Pero este punto de vista, defendido por los postribulacionistas, quita importancia o relega el arrebatamiento y lo hace no tener sentido, como observa Thomas R. Edgar:
¿Cuál puede ser el propósito de un remanente vivo durante la tribulación a fin de que algunos de la iglesia sobrevivan y entonces sacarlos de su situación y hacer con ellos lo mismo que a los que no sobrevivieron? ¿Por qué guardarlos para eso? [La] explicación de que proveen una escolta para Jesucristo no tiene apoyo. Los santos vivientes que sean arrebatados serán exactamente los mismos que los santos muertos que hayan resucitado. ¿Por qué no pueden cumplir ese propósito los creyentes muertos? ¿Por qué guardar un remanente vivo [durante la tribulación), luego arrebatarlos y dejarlos morir? No hay objetivo o logro en tal arrebatamiento.
Con todos los santos de todas las épocas pasadas y los ejércitos [de ángeles] en el cielo disponibles como escolta y el hecho de que los santos [arrebatados] no proveen una escolta diferente de la que fueran si hubieran muerto, ¿por qué permitir que la iglesia sufra inmensamente, que casi todos los creyentes mueran, y mantener algunos para un arrebatamiento sin aparente propósito, inmediatamente antes de que termine el período [de la tribulación]? ... ¿Es esa la promesa? Sufrirás, te matarán, pero mantendré vivos a algunos, y los sacaré antes de que lleguen los buenos tiempos. Tal razonamiento, por supuesto, exige alguna explicación de la aparente falta de propósito para un arrebatamiento postribulacionista de cualquier tipo.
Podemos observar lo siguiente:
(1) Un suceso especial, portentoso, excepcional como el arrebatamiento, debe tener un propósito específico. Dios tiene propósitos para sus acciones. Este propósito debe lograrse solo por medio de un suceso especial como un arrebatamiento de santos vivos.
(2) Este propósito debe estar de acuerdo con los principios generales de acción de Dios.
(3) Hay poca o ninguna aparente razón para arrebatar a los creyentes cuando el Señor vuelva y justo antes del establecimiento del tan anhelado reino con todas sus alegres esperanzas.
(4) Hay buena razón para librar a todos lo que ya son creyentes de la tribulación, donde serían blancos señalados de la persecución.
(5) Librar de un período de juicio universal y destrucción física como la tribulación, requiere una remoción de la tierra por muerte o arrebatamiento. La muerte no es adecuada como promesa en Apocalipsis 3:10.
(6) La liberación de la tribulación antes de que esta comience está de acuerdo con la forma en que anteriormente Dios actuó con Noé y Lot y se declara directamente como un principio de la acción de Dios hacia los creyentes en 2 Pedro 2:9. ("Robert H. Gundry y Apocalipsis 3:10", Grace Theological Journal 3 [Spring 1982]: 43-44)
Richard L. Mayhue da otra razón por la que un arrebatamiento postribulacionista (el que ocurre en la Segunda Venida) no tiene sentido: "Si el arrebatamiento tuvo lugar respecto a la venida postribulacionista [segunda] de nuestro Señor, la subsiguiente separación de las ovejas de los cabritos (ver Mt. 25:31 y siguientes) sería redundante. La separación habría tenido lugar en el acto mismo del arrebatamiento" (Snatched Before the Storm! A Case for Pretribulationism ¡Arrebatado antes de la tormenta! Una defensa para el pretribulacionismo] [Winona Lake, Ind.: BMH, 1980], 9).
No hay siquiera un asomo de juicio en pasajes que describen el arrebatamiento (Jn. 14:1-3; 1 Ts. 4:13-18), pero el juicio tiene una función eminente en la Segunda Venida (cp. 19:11, 15, 17-21).
Las señales espectaculares que acompañan a la Segunda Venida, el oscurecimiento del sol y de la luna y el quebrantamiento de las "potencias de los cielos" (Mt. 24:29-30), no se mencionan en los pasajes que describen el arrebatamiento.
En su descripción de la Segunda Venida, Apocalipsis 19 no menciona ni una transformación (arrebatamiento) de creyentes vivos (1 Co. 15:51-52), ni una resurrección de creyentes muertos (cp. 1 Ts. 4:16).
Este monumental y culminante pasaje puede dividirse en cuatro secciones: el retorno del vencedor, los regimientos del vencedor, el dominio del vencedor y la victoria del vencedor.
Extraído del "Comentario MacArthur del Nuevo Testamento, Apocalipsis", de John MacArthur.