El último mensaje en el Antiguo Testamento es: "El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición" (M al. 4:6). Por el contrario, este primer gran sermón del Nuevo Testamento empieza con una serie de bendiciones a las que llamamos las Bienaventuranzas (5:3-12). El Antiguo Testamento termina con el anuncio de una maldición; el Nuevo Testamento comienza con la promesa de bendición.
El Antiguo Testamento se identificó con el monte Sinaí, con su ley, sus truenos y relámpagos, y con sus advertencias de juicio y maldición. El Nuevo Testamento se identifica con el monte Sion, con su gracia, su salvación y sanidad, y con sus promesas de paz y bendición (cp. He. 12:18-24).
La ley del Antiguo Testamento demuestra la necesidad de salvación para el ser humano, y el mensaje del Nuevo Testamento ofrece al Salvador, al Señor Jesucristo. A fin de que el pueblo reconociera su pecado, nuestro Señor tenía que empezar con una apropiada presentación de la ley, para luego ofrecer la oferta de salvación. El Sermón del Monte aclara las razones de la maldición y muestra que el hombre no tiene justicia que pueda sobrevivir al escrutinio de Dios. El nuevo mensaje ofrece bendición, y esa es la oferta inicial del Señor.
Sin embargo, según se desarrollará en el próximo capítulo, la felicidad que Cristo ofrece no depende del esfuerzo propio ni de justicia propia, sino de la nueva naturaleza que Dios da. En el Hijo de Dios el hombre llega a ser partícipe de la misma naturaleza de Dios, que se caracteriza por la justicia verdadera y su consecuencia: bienaventuranza, es decir felicidad. ¡En Cristo participamos de la misma dicha de Dios mismo! Ese el tipo y grado de satisfacción que Dios desea que sus hijos disfruten, la propia paz y felicidad que Él goza. Por tanto, el Señor comienza con la oferta de bienaventuranza y luego 91 procede a demostrar que la justicia humana no puede producirla, tal como creían los judíos. La buena noticia es de bendición.
La mala noticia es que el hombre no puede obtener dicha bendición, sin importar arrogante moral o religioso pretenda ser.
El Antiguo Testamento es el libro de Adán, cuya historia es trágica. Adán no solo fue el primer hombre sobre la tierra sino el primer rey. Se le dio dominio sobre toda la tierra para someterla y gobernarla (Gn. 1:28). Pero ese primer monarca cayó poco después de empezar a gobernar, y su caída trajo una maldición, la maldición con la que el Antiguo Testamento empieza y termina.
El Nuevo Testamento empieza con la presentación del nuevo Hombre soberano, Aquel que no caerá y que trae bendición en lugar de maldición. El segundo Adán también es el último Adán, y tras Él no vendrá ningún otro gobernante, ningún otro soberano. El primer rey pecó y dejó una maldición; el segundo Rey no tuvo pecado y deja una bendición. Tal como un escritor declara, el primer Adán fue probado en un hermoso huerto y falló; el último Adán fue probado en un desierto amenazador y triunfó. Puesto que el primer Adán era ladrón, fue expulsado del paraíso; pero el último Adán se volvió hacia un ladrón en una cruz y le expresó: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc. 23:43). El Antiguo Testamento, el libro de las generaciones de Adán, termina con una maldición; el Nuevo Testamento, el libro de las generaciones de Jesucristo, termina con la promesa: "No habrá más maldición" (Ap. 22:3). El Antiguo Testamento entrega la ley para mostrar al hombre en su miseria, y el Nuevo Testamento ofrece vida para mostrar al hombre en su dicha.
En Jesucristo nace una nueva realidad en la historia. Un nuevo Hombre, un nuevo Rey de la tierra, viene a revertir la terrible maldición del primer rey.
El Sermón del Monte es la revelación magistral del gran Rey, y ofrece bendición en lugar de maldición para los que aceptan los términos de la verdadera justicia de Él.
Extraído del "Comentario MacArthur del Nuevo Testamento, Mateo", por John MacArthur.
