La idea clave del Sermón del Monte es que el mensaje y la obra del Rey son ante todo internas y no externas, y espirituales y morales en lugar de físicas y políticas. Aquí no vemos reforma social o política. La preocupación de Él radica en lo que los hombres son, porque lo que son determina lo que hacen.
Los ideales y principios en el Sermón del Monte son totalmente opuestos a los de sociedades y gobiernos humanos. En el reino de Cristo las personas más exaltadas son las más humildes según la estimación del mundo, y viceversa. Jesús declaró que Juan el Bautista era el hombre más grande que jamás había vivido hasta ese momento. Pero Juan no tenía posesiones ni hogar, vivía en el desierto, vestía una prenda de cuero, y comía langostas y miel silvestre. No formaba parte del sistema religioso, y no tenía poder económico, militar o político. Además de eso, predicaba un mensaje que a los ojos del mundo era totalmente irrelevante y absurdo. Según la norma del mundo Juan era un desadaptado y fracasado. Sin embargo, recibió el mayor elogio del Señor.
En el reino de Jesús los que son menos resultan ser más grandes incluso que Juan el Bautista (Mt. 11:11). Estos son descritos en este sermón como humildes, compasivos, mansos, con anhelos de justicia, misericordiosos, puros de corazón, pacificadores, y perseguidos por la misma justicia que practican. Ante los ojos del mundo dichas características son distintivos de los perdedores. El mundo afirma: "Hazte valer, saca la cara por ti mismo, enorgullécete de ti, ensálzate, defiéndete, véngate, sírvete". Esos son los rasgos más valorados por los habitantes y reinos del mundo.
Extraído del "Comentario MacArthur del Nuevo Testamento, Mateo", por John MacArthur.
