El tipo de oración que Dios no escucha | John MacArthur

«Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión» (Daniel 9:4).

Dios no responde oraciones farisaicas.

En Lucas 18, Jesús contó una parábola sobre las personas que confiaban en su propia justicia. Así que dijo: «Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.

Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (vv. 10-14).

Sin la misericordia de Dios, no podemos entrar en la presencia de Él. El recaudador de impuestos sabía eso y pidió perdón. El fariseo perdió el enfoque y se fue sin perdón.

Al igual que el recaudador de impuestos, Daniel se acercó a Dios con una actitud de confesión y abnegación. Podría haberle recordado a Dios sus años de fiel servicio mientras estuvo en Babilonia, pero eso no cabía en su mente. Él sabía que eso, en sí mismo, no era algo que lo encomendara a Dios. En lo único que él pensaba era en la misericordia para él y su gente, de modo que los propósitos de Dios pudieran realizarse a través de ellos.

Como cristiano, tienes el maravilloso privilegio de entrar con valentía en la presencia de Dios «con corazón sincero, en plena certidumbre de fe» (Hebreos 10:22). Privilegio que está enraizado en la gracia de Dios a través del sacrificio de Cristo, en quien no hay lugar para la presunción ni la autojustificación. Guarda tu actitud en oración, para que no caiga involuntariamente en una mentalidad farisaica.