La construcción de la Basílica de San Pedro | R. C. Sproul

Años después, Martín Lutero dijo que, cuando entendió la justicia de Dios, comenzó a verla casi en todas las páginas de la Biblia. Eso alteró toda su comprensión de la teología y la vida cristiana.

Mientras tanto, en Roma estaban sucediendo cosas muy importantes. Durante este tiempo, hubo dos papas en el poder que incluso los historiadores católicos romanos han incluido en la lista de los más corruptos de la historia de la iglesia. Julio II, conocido como el papa guerrero, era el jefe de sus soldados. Derramó mucha sangre para anexar tierras al control papal. Julio II tenía un sueño ambicioso: quería construir una nueva catedral para el obispo romano, una nueva basílica con una cúpula que cubriera una iglesia enorme y que albergara los huesos de los apóstoles Pedro y Pablo. Julio II murió poco después de que se echaran los cimientos de la Basílica de San Pedro. Fue sucedido por el papa León X, miembro de la familia Médici, quien vació las arcas de la Iglesia católica romana. La iglesia estaba al borde de la bancarrota, así que se detuvo la construcción de la Basílica de San Pedro. Parecía que el proyecto nunca iba a completarse.

Mientras León X luchaba con la estrechez financiera de Roma, en Alemania había un príncipe joven y ambicioso de la línea Hohenzollern tratando de ascender en el poder. Aunque, según el derecho canónico, el príncipe Alberto de Brandeburgo era demasiado joven para ser obispo, ya había conseguido dos obispados, uno en Halberstadt y otro en Magdeburgo. Había adquirido esos dos puestos gracias a la práctica de la simonía. La simonía era el proceso mediante el cual la gente compraba cargos eclesiásticos. Pagaban al papa o a las estructuras eclesiásticas la suma necesaria para ser recompensados con el nombramiento de obispo. El término simonía viene del libro de los Hechos, que registra como Simón el mago trató de comprarle a Pedro el Espíritu Santo al verlo hacer sus milagros (ver Hch 8:9-24). Pedro le contestó: «Que tu plata perezca contigo», que es una traducción cortés del lenguaje original.

La simonía se desenfrenó durante la Edad Media. Esa era la clase de corrupción que Lutero presenció durante su visita crítica a Roma en 1510. Para empezar, no estaba permitido ser obispo de más de un lugar. Además, el derecho canónico tenía un requisito etario para todos los obispos. Alberto no tenía la edad suficiente y, aun así, no tenía un solo obispado, sino dos. Alberto quería ser el clérigo más poderoso de toda Alemania. Cuando quedó vacante un arzobispado en la gran ciudad de Maguncia, la codicia de Alberto se inflamó. Sabía que si lograba conseguir el arzobispado de Maguncia, además de los dos cargos que ya tenía, podría satisfacer su ambición. Por lo tanto, negoció con Roma. El papa exigió el pago de doce mil ducados de oro a cambio del arzobispado de Maguncia. El príncipe Alberto hizo una contraoferta de siete mil ducados de oro. El papa había pedido doce mil, mil por cada uno de los doce apóstoles. Alberto hizo una contraoferta de siete mil, mil por cada uno de los siete pecados capitales. Finalmente, acordaron el pago de diez mil ducados de oro, mil por cada uno de los Diez Mandamientos.

Pero el príncipe Alberto no tenía diez mil ducados de oro para comprar el arzobispado de Maguncia, así que solicitó un préstamo a los banqueros de la familia Fúcar de Alemania. Ellos accedieron a prestarle los fondos, que luego pasaron a las manos del papa. Entonces, Alberto de Brandeburgo recibió otro beneficio del papa. Obtuvo el permiso de dirigir la distribución de indulgencias en todas las provincias de Alemania donde estuviera políticamente permitido. De los fondos que Alberto recaudaría mediante la distribución de indulgencias papales, la mitad iría a Roma para la construcción de la Basílica de San Pedro, y la otra mitad estaría destinada a pagar la deuda de Alberto con los banqueros alemanes. Así comenzó el proceso de venta generalizada de indulgencias en Alemania.

Para entender cómo funcionaba esto, tenemos que aclarar algunas cosas. La Iglesia católica romana cree que, como sucesor del apóstol Pedro y vicario de Cristo en la tierra, el papa tiene las llaves del reino. Tiene lo que se denomina el «poder de las llaves». En Mateo 18:18, Jesús les dijo a los discípulos: «Todo lo que ustedes aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo». La Iglesia católica romana cree que Jesús no solo les entregó las llaves del reino a los discípulos en general, sino a Pedro en particular, y que la autoridad de Pedro y la propiedad de las llaves del reino después pasaron a todos los sucesores de ese apóstol, hasta llegar a León X. ¿Por qué eran importantes las llaves del reino? Las llaves del reino no daban acceso a la bóveda que contenía los ducados de oro; daban acceso a lo que la iglesia llama el tesoro de los méritos. El tesoro de los méritos es el depósito donde están todos los méritos ganados por Jesucristo. Además de los méritos depositados por Jesús, también están los méritos de María, José, los apóstoles y los grandes santos de todas las edades. El tesoro de los méritos es una vasta suma de méritos acumulados a lo largo de los siglos mediante la obra de Cristo, la obra de los apóstoles y la obra de los grandes santos.

Según la Iglesia católica romana, para que alguien vaya al cielo, tiene que llegar a un punto en su vida en el cual sea inherentemente justo, un estado en que no haya ningún pecado mortal que empañe su carácter o conducta, ni tampoco pecados veniales: no puede haber absolutamente ninguna mancha. Si alguien muere con una mancha adherida a su alma, antes de llegar al cielo debe pasar un tiempo en el purgatorio, que es el lugar de limpieza que purga las manchas del alma como el crisol purga la escoria del oro puro. El tiempo que alguien pasa en el purgatorio puede variar desde unos pocos días hasta millones de años, dependiendo de la cantidad de manchas que lleve consigo al llegar. Por eso, las personas que carecen de méritos para entrar al cielo deben encontrar una manera de reducir el tiempo que pasarán en ese lugar de purga. Solo un puñado de personas en la historia han obtenido suficientes méritos para ir al cielo de forma directa al morir.

La Iglesia católica romana distingue tres tipos de mérito. El primero es el mérito de condigno. Este mérito es tan virtuoso que impone a Dios una obligación de justicia para que lo recompense. Si alguien posee esa clase de mérito, Dios sería injusto si no le diera una recompensa adecuada por este. La iglesia cree que el mérito de Jesús era mérito de condigno. Pero Jesús no es el único que ha alcanzado mérito de condigno; otros santos de la historia también lo han hecho. El segundo tipo de mérito se llama mérito de congruo. Este mérito no es tan elevado ni tan meritorio como el mérito de condigno, pero es suficiente para que sea adecuado o congruente que Dios lo recompense. El mérito de congruo es parte de la doctrina del sacramento de penitencia de la Iglesia católica romana, así como también de su doctrina de la justificación. Un tercer tipo de mérito es el mérito supererogatorio, que se obtiene mediante obras de supererogación. Las obras de supererogación son obras meritorias que van más allá del deber. Son méritos que se consiguen al hacer más de lo que Dios les exige a los cristianos obedientes. Por ejemplo, los mártires lograron obtener méritos supererogatorios con su martirio. Además, los grandes santos como Jerónimo, Francisco de Asís, Agustín y Tomás de Aquino fueron tan virtuosos en su vida que no solo adquirieron suficientes méritos de condigno para entrar al cielo de forma directa sin tener que pasar por el purgatorio, sino que además obtuvieron más mérito del que necesitaban para ir al cielo. Ganaron méritos en exceso gracias a las obras de supererogación. Los méritos excesivos ganados por los santos están depositados en el tesoro de los méritos.


Entonces, podemos ver el panorama: este tesoro contiene el mérito de Cristo, el mérito de la sagrada familia, el mérito de los apóstoles y el mérito de los santos. Ese mérito excedente puede ser distribuido a juicio del papa, quien tiene el poder de las llaves. Las indulgencias son concesiones papales por las que se extrae una cierta cantidad de mérito del tesoro de los méritos para aplicarla a quienes tienen déficit de méritos con el fin de que su tiempo en el purgatorio se acorte. Obtener indulgencias era muy importante en ese entonces (y sigue siéndolo) en el sistema de salvación de la Iglesia romana.

Para adquirir una indulgencia y obtener la aplicación de ocurrieran ciertas cosas asociadas al sacramento de la penitencia. En el sacramento de penitencia, el pecador los méritos del tesoro de los méritos, era necesario que padrenuestros o hacer restitución. La limosna también formaba parte del sacramento de la penitencia. Si alguien contrito se dirige al confesionario, confiesa su pecado ante el sacerdote, recibe la absolución sacerdotal y luego realiza obras de mérito de congruo, como rezar avemarías y daba limosnas movido por un sentido genuino de arrepentimiento, esas limosnas podían adquirir la transferencia de indulgencias a su cuenta. El derecho canónico de la iglesia dejaba claro que esto no debía entenderse como una venta burda de perdón por medio de la cual la gente podía pagar para sacar a sus familiares del purgatorio. Pero el papa estaba usando este proceso para obtener los recursos que necesitaba para construir la Basílica de San Pedro. Esa práctica provocó a Lutero en Alemania y terminó llevándolo a publicar las noventa y cinco tesis en 1517.

Extraído del libro "Cómo un monje descubrió el evangelio: Lutero y la Reforma”, de R. C. Sproul.