En primer lugar, la salvación es del pecado, que es la realidad que caracteriza la vida humana antes de Cristo. Estos tres versículos son quizá una de las declaraciones más rotundas en las Escrituras sobre la pecaminosidad del hombre aparte de Cristo.
El salario o la paga que se da a cambio del pecado es la muerte (Ro. 6:23), y debido a que el hombre nace en pecado, también nace para muerte. El hombre no se convierte en un muerto espiritual a causa de los pecados que comete, sino que está muerto espiritualmente porque es por naturaleza pecaminoso. A excepción de Jesucristo, esa es la condición de todos los seres humanos desde la caída, incluido todo creyente antes de haber sido salvo. Es la condición pasada de los creyentes y la condición presente de todos los demás.
El problema básico del hombre no es que haya perdido la armonía con su herencia genética o con su ambiente, sino que está por completo fuera de armonía con su Creador. Su problema principal no es que sea incapaz de establecer relaciones significativas con otros seres humanos, sino que carece de una relación correcta con Dios, de quien está alienado a causa del pecado (Ef. 4:18). Su condición no tiene que ver con el modo en que vive; tiene que ver con el hecho de que está muerto aun mientras parece estar vivo. Está muerto espiritualmente al mismo tiempo que está vivo físicamente. Puesto que está muerto para Dios, está muerto ante la vida espiritual, la verdad, la justicia, la paz interior y la felicidad, y muerto para todas las demás cosas buenas.
Uno de los primeros indicios de muerte física es la incapacidad del cuerpo para responder a estímulos de cualquier clase. Una persona muerta no puede reaccionar. Ya no responde a agentes externos como luz, ruido, olores, sabores, dolor, o cualquier otra cosa. Es por completo insensible.
Cierto día un joven llegó a golpear la puerta de mi oficina. Al abrir la puerta vi que estaba llorando y le faltaba el aliento. Me dijo: "¿Usted es el reverendo?". Tras decirle que sí me dijo: "Venga, por favor venga rápido". Corrí detrás de él cruzando una o dos calles y entramos a una casa. Adentro estaba una joven mujer que lloraba descontrolada. Ella dijo: "¡Mi bebé está muerto! ¡Mi bebé está muerto!". Tendido sobre la cama estaba el cuerpo inmóvil de su hijo de tres meses. Había tratado de revivirlo pero nada parecía ayudar, el bebé no mostraba señales de vida. La madre le acarició, le besó, le habló y derramó lágrimas sobre su diminuta cabeza, pero el niño no respondió de ninguna manera. Tan pronto llegó el personal de la ambulancia, ellos trataron de hacer que el niño respirara, pero sin resultados. No había en aquel cuerpo una vida que respondiera, ni siquiera al amor poderoso de una madre.
Así también es la muerte espiritual. Una persona que está muerta espiritualmente carece de vida para poder responder a las cosas espirituales, mucho menos para vivir una vida espiritual. Ninguna cantidad de amor, cuidado y palabras de afecto por parte de Dios pueden generar una respuesta. Una persona muerta espiritualmente está alienada de Dios y por ende alienada de la vida verdadera. No tiene capacidad para responder. Como el gran comentarista escocés John Eadie dijo: "Es un caso de muerte andante". Los hombres aparte de Dios son muertos ambulantes que ni siquiera saben que están muertos. Realizan de manera mecánica todas las rutinas de la vida pero no poseen vida como tal.
Después que Jesús llamó a cierto hombre a seguirle, el hombre pidió permiso para ir primero a enterrar a su padre, que en sentido figurado significaba esperar hasta que su padre muriera a fin de recibir la herencia. Jesús respondió, indicando la condición de muerte espiritual y estableciendo una conexión entre los dos tipos de muerte: "Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos" (Mt. 8:21-22). La preocupación del hombre no era por su padre, ya que es probable que ni siquiera estuviese cerca de la muerte física, sino por las cosas del mundo físico. Ese hombre quería encargarse primero de asegurar su bienestar material y no mostró un deseo genuino por el espiritual. En los consejos que Pablo dio a Timoteo con respecto a las viudas en la iglesia, dijo acerca de las que eran desvergonzadas: "la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta" (1 Ti. 5:6). Vivir al mismo tiempo que se está muerto es la triste condición de todo ser humano no redimido.
Antes de ser salvos nosotros éramos como cualquier otra persona que está separada de Dios: muertos en nuestros delitos y pecados. En griego se utiliza aquí un caso locativo que alude al reino o la esfera en que algo o alguien existe. No estábamos muertos a causa de haber cometido pecados, sino porque estábamos en pecado. En este contexto delitos y pecados no es una simple referencia a actos pecaminosos, sino en primer lugar a la esfera de existencia de la persona que está separada de Dios. El pecador no se convierte en mentiroso cuando dice una mentira, sino que dice una mentira porque ya es un mentiroso. No se convierte en ladrón cuando roba, sino que roba porque ya es un ladrón. Lo mismo es cierto con respecto al homicidio, el adulterio, la codicia y todos los demás pecados. El hecho de cometer actos pecaminosos no nos convierte en pecadores; cometemos actos de pecado porque somos pecadores. Jesús confirmó esto cuando dijo: "El hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas" (Mt. 12:35), y "lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias" (Mt. 15:18-19).
La palabra paraptōma (delitos) significa resbalar, caer, tropezar, desviarse o ir en la dirección errada. Hamartia (pecados) aludía originalmente al concepto de errar el blanco, como sucede en la cacería con arco y flecha. Después llegó a representar cualquier falla u omisión en alguna meta, norma o propósito. En el campo espiritual se refiere a ignorar o incumplir la norma de santidad de Dios, y por eso el pecado nos mantiene destituidos de la gloria de Dios. En el Nuevo Testamento es el término más común y general para aludir al pecado (se emplea en 173 ocasiones). Pablo no usa los dos términos aquí para indicar clases diferentes de transgresión sino solo para hacer énfasis en el alcance de la pecaminosidad que viene como resultado de la condición humana de muerte espiritual.
La declaración de Pablo: "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Ro. 3:23) no presenta dos verdades, sino dos perspectivas de la misma verdad. El pecado equivale a destitución de la gloria de Dios, y ser destituido de la gloria de Dios equivale a estar en pecado. Como Pablo explicó dos capítulos antes en Romanos, en su sentido más básico el pecado consiste en dejar de glorificar a Dios. Aunque la humanidad caída había "conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios" (1:21). De todos los epitafios que pudieron haberse escrito para Herodes, las palabras de Hechos 12:23 son las más apropiadas: "Un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos".
El hecho de que todos los hombres separados de Dios son pecadores no significa que toda persona sea corrupta y perversa por igual. Veinte cadáveres en un campo de batalla pueden encontrarse en diferentes fases de descomposición, pero la característica uniforme es que todos están muertos por igual. La muerte se manifiesta en muchas formas y grados diferentes, pero la muerte en sí no tiene grados. El pecado se manifiesta en muchas formas y grados diferentes, pero la condición de pecado como tal no tiene diversos grados. No todos los hombres son tan malvados como pudieran ser, pero ninguno llega a la altura de la norma de perfección de Dios.
Como condición del ser y una esfera de la existencia, el pecado tiene que ver más con lo que no se hace que con lo que se hace. La norma de Dios para los hombres es que sean perfectos así como Él es perfecto (Mt. 5:48). Jesús no dio una norma nueva sino que replanteó una antigua. Tampoco el mandato de Dios "seréis santos, porque yo soy santo" (Lv. 11:44; cp. 1 P. 1:16) creó una nueva norma para la humanidad o para su pueblo escogido. Dios nunca ha tenido otra norma para el hombre aparte de la santidad perfecta.
Es a causa de esa norma perfecta de santidad que los hombres separados de Dios no pueden ser más que pecadores. Debido a que el ser humano está separado de Dios, no puede hacer más que incumplir la norma de Dios y ser destituido de su gloria. Sin importar cuántas cosas buenas haga o trate de hacer, la norma que consiste en nunca hacer o nunca haber hecho mal es del todo inalcanzable.
El estado común de pecado en que está inmerso el hombre se ha comparado a veces con un grupo variado de personas que están de pie a lo largo de la rivera de un río ancho, el cual tiene cerca de un kilómetro de distancia entre sus orillas. Cada persona está tratando de saltar hasta el otro lado. Los niños y los ancianos apenas alcanzan un par de metros, los niños más grandes y los adultos ágiles pueden saltar casi el doble, y unos cuantos atletas pueden saltar aun más lejos. Pero ninguno de ellos se acerca en lo más mínimo al otro lado del río. Sus diversos grados de éxito solo se diferencian en relación de unos con otros, pero con relación al logro de la meta fijada todos son fracasos por igual.
A lo largo de la historia las personas han mostrado una gran diversidad en sus grados humanos de bondad y maldad, pero con relación a alcanzar la santidad de Dios todos han fracasado por igual. Por esa razón la persona buena, colaboradora, amable, considerada y generosa, necesita de salvación tanto como el homicida múltiple que está condenado a muerte. La persona que es un buen padre, un cónyuge amoroso, un trabajador honesto y un ciudadano humanitario, necesita a Jesucristo para salvarse de la condenación eterna del infierno, tanto como cualquier malhechor o terrorista despiadado. Es cierto que no llevan vidas igualmente pecaminosas, pero se encuentran en la misma condición de pecado e igualmente separados de Dios y de la vida espiritual.
Jesús dijo: "Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo" (Lc. 6:33). En otra ocasión dijo: "Vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos" (Lc. 11:13). Una persona separada de Dios puede hacer cosas humanamente buenas, pero como el Señor enseña en ambas declaraciones, tal persona sigue siendo un pecador y es mala por naturaleza, además que hace lo que hace por motivos diferentes a dar gloria a Dios. La vez que Pablo y los demás naufragaron en la isla de Malta, Lucas informa que "los naturales nos trataron con no poca humanidad" (Hch. 28:2); sin embargo, esto no quiere decir que ellos dejaron de ser paganos y supersticiosos (v. 6). El bien que haga un pecador es algo bueno, pero no puede cambiar su naturaleza o su esfera básica de existencia, y tampoco puede reconciliarle con Dios.
La bondad en las relaciones humanas resulta de beneficio para otros y es más agradable a Dios, de hecho constituye un paso en la dirección correcta. No obstante, así una persona dé cien mil pasos de esa clase no va a estar más cerca de Dios. Puesto que aquello que le separa de Dios es su condición de pecador o pecaminosidad y no sus pecados particulares, sus actos particulares de bondad no pueden reconciliarle con Dios.
Durante el segundo discurso de despedida de Jesús a sus discípulos Él dijo: "Y cuando él [el Espíritu Santo] venga, convencerá al mundo de pecado" (Jn. 16:8). El pecado del que convencerá a los hombres es el pecado de no creer en Jesucristo (v. 9). Ese es el pecado de separación, el pecado que ocasiona y refleja la alienación del hombre frente a Dios. Es el pecado de no aceptar a Dios como Dios y a Cristo como Salvador, el pecado de rechazo. No se trata de actos o declaraciones particulares de rechazo sino la esfera de rechazo en la que existen los no salvos y les mantiene separados de Dios. Ese es el estado de muerte espiritual, la condición de los seres humanos que están muertos en... delitos y pecados.
En la condición de muerte espiritual, la única manera de andar o de vivir que una persona puede tener es siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Kosmos (mundo) no representa aquí simplemente la creación física sino el orden de cosas propio del mundo, el sistema mundano de valores y la manera de hacer las cosas en el mundo, la corriente de este mundo. Como Pablo deja en claro, la corriente de este mundo sigue el liderazgo y designio de Satanás, el príncipe de la potestad del aire.
Lo que llamamos con frecuencia "el espíritu de la época" refleja esa corriente o tendencia general de este mundo, una corriente en la cual los hombres mantienen un acuerdo básico acerca de lo que es correcto e incorrecto, valioso y carente de valor, importante e irrelevante, etc. Los hombres pecadores tienen muchas ideas y normas diferentes, pero están en acuerdo total en el sentido de que la operación conjunta de las cosas propias de este mundo es más importante que la perspectiva divina de Dios. En este marco básico y global del mundo todos tienen una sola mentalidad. Trabajan con resolución para alcanzar las metas y realizar los valores de su sistema, aunque desafíen a Dios y siempre les lleve a la autodestrucción. Los pecadores son persistentes en su rechazo y cuanto peor sea su sistema, mayores serán sus intentos para tratar de justificarlo y condenar a quienes pronuncian la Palabra de Dios en su contra.
Son de una sola mente porque tienen un líder y señor común, el príncipe de la potestad del aire. Satanás es ahora el "príncipe de este mundo", y hasta que el Señor le eche fuera (Jn. 12:31) seguirá actuando como tal. La potestad [o autoridad] del aire es una referencia a las hordas de demonios de Satanás que existen en la esfera celeste. Pablo tiene esto en mente en Efesios 6:12, donde advierte acerca de "huestes espirituales de maldad en las regiones celestes". Durante el tiempo presente él y su hueste demoníaca dominan, presionan y controlan a toda persona que no sea salva. Es la personificación de la muerte espiritual porque es la personificación de la rebelión en contra de Dios, y así también es el sistema que ha forjado.
Los tres elementos que más caracterizan el sistema actual de este mundo son humanismo, materialismo y sexo ilícito. El humanismo coloca al hombre por encima de todo lo demás. El hombre es la medida y el fin de todas las cosas. Cada hombre es su propio jefe, su propia norma de rectitud y su propia fuente de autoridad. En resumen, cada hombre es su propio dios. El materialismo atribuye un alto valor a cosas físicas, en especial el dinero porque es el medio para adquirir todas las demás cosas físicas. La perversión sexual domina la sociedad occidental moderna como no ha dominado a otras sociedades desde los períodos más envilecidos de las antiguas Grecia y Roma. Al lado de la apelación humanista al interés egoísta y la apelación materialista al engrandecimiento individual, la corrupción sexual se utiliza para fomentar y persuadir prácticamente en todos los campos de la mercadotecnia a partir de la indulgencia en todos los apetitos de la carne. Ese triunvirato representa el espíritu de nuestra época y la corriente actual de este mundo.
Satanás es el archon, el príncipe que gobierna sobre este sistema del mundo. No es que necesariamente todas las personas no salvas tengan a Satanás en su interior todo el tiempo o estén poseídas por demonios, pero tanto de manera consciente como inconsciente, están sujetas a la influencia de Satanás. Puesto que participan de su naturaleza de pecaminosidad y existen en la misma esfera de rebelión contra Dios, responden de manera natural a su dirección y a la influencia de sus demonios. Se encuentran sintonizados en la misma longitud de onda espiritual.
I igual que el mundo, el aire sobre el que Satanás tiene potestad y control representa la esfera donde se movilizan los demonios. Aire puede utilizarse aquí en sentido metafórico, como cuando hablamos de un "aire de expectación". En este contexto mundo y aire serían casi sinónimos porque ambos representan un reino, una esfera o campo de acción e influencia. En ese caso sería una referencia al campo de las ideas, las creencias y las convicciones sobre las que Satanás opera en la actualidad como príncipe. Sin embargo, no es lo que Pablo tiene en mente aquí o en 6:12. Está pensando más bien en el hecho de que Satanás gobierna sobre la potestad (los demonios) que ocupan el aire (la esfera celeste alrededor de la tierra). Los hombres no son libres e independientes, sino que son objeto de un dominio total por parte de las huestes del infierno.
Andar siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, equivale a pensar y vivir de acuerdo a las conjeturas, ideologías y normas sobre las que el pecado y Satanás tienen control, y ser dominados por seres malignos sobrenaturales. El fin supremo que Satanás tiene con los hombres no solo es hacer que hagan cosas malas (la carne se encarga de ello por sí sola, como lo aclara en detalle Gálatas 5:19-21), sino que piensen y crean cosas malas, en especial con respecto a Dios (cp. 2 Co. 11:13-15). Debido a que la humanidad caída y las huestes de Satanás existen en la misma esfera espiritual, es bastante natural que su espíritu sea el mismo espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. El príncipe de la desobediencia opera en (la palabra en hace énfasis en el carácter íntimo de la relación) sus seguidores voluntarios, aquellos que no tienen consideración alguna por la Palabra y la voluntad de Dios y son llamados aquí los hijos de desobediencia (un término semítico que describe a una persona que se caracteriza por ser rebelde y contumaz), de quienes ha sido su padre espiritual (Jn. 8:38-44). Pablo deja en claro esta característica que identifica la desobediencia a Dios cuando declara en términos absolutos: "¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?" (Ro. 6:16). Luego caracteriza a los creyentes como personas que obedecen a Dios: "habéis obedecido de corazón" (v. 17).
Aquí el propósito primordial de Pablo no es mostrar cómo viven ahora los no salvos, aunque la enseñanza es valiosa para tal fin, sino recordar a los creyentes la manera como ellos anduvieron y vivieron en otro tiempo. Lo cierto es que también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.
Epithumia (deseos) se refiere a inclinaciones y deseos fuertes de todo tipo, no solo a la lujuria sexual. Thelema (voluntad) hace énfasis en tener una disposición fuerte y en procurar algo con gran diligencia. Al igual que delitos y pecados, deseos y voluntad son palabras que no se incluyen para mostrar que se trata de dos cosas diferentes, sino de cosas que son muy comunes. Se usan como sinónimos para representar la orientación completa del hombre caído hacia la realización de sus fines egoístas. Por naturaleza está motivado a satisfacer los deseos y la voluntad de su carne y de sus pensamientos pecaminosos. La carne (sarx) se refiere a la disipación de vida que trae como resultado que el individuo se abandone para hacer todo lo que sus sentidos le digan que es bueno. Los pensamientos (dianoia) o la mente, tienen que ver con las decisiones deliberadas que se oponen a la voluntad de Dios. Todo creyente estuvo alguna vez perdido del todo en el sistema del mundo, la carne y el diablo, que es el príncipe sobre los demonios que a su vez son la potestad del aire. Esos son los tres grandes campos de batalla donde el hombre caído pierde a diario en contra de sus enemigos espirituales, y sin embargo, se trata de enemigos con los cuales, por naturaleza, está ahora aliado (cp. 1 Jn. 2:16). En lugar de que todos los hombres sean hijos de Dios, como le gusta creer a la mayor parte del mundo, quienes no han recibido salvación por medio de Jesucristo son por naturaleza hijos de ira (cp. Jn. 3:18). Aparte de la reconciliación con Cristo, toda persona por naturaleza (mediante el nacimiento humano) es el objeto de la ira de Dios, su juicio y condenación eternos. Se describen con precisión, no solo como los hijos de desobediencia, sino en consecuencia como hijos de ira, objetos del justo juicio condenatorio de Dios.
A pesar de que antes nos caracterizábamos también por ser lo mismo que los demás, por medio de la fe en el Salvador ya no somos como ellos. Gracias a la obra pasada de salvación realizada por Cristo en nosotros, estamos bajo su amor en el presente y por la eternidad, así como también librados de la condición humana y natural de muerte, pecado, alienación, desobediencia, control demoníaco, lujuria y juicio divino.
Extraído del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento Efesios, por John MacArthur.
