De Lutero al rayo | R. C. Sproul

Por sobre la ciudad moderna de Ginebra, Suiza, se encuentra un área llamada la Ciudad Vieja. En el centro de la Ciudad Vieja hay un gran parque peatonal que cuenta con un gigantesco muro de mármol llamado el Muro de la Reforma. En el Muro de la Reforma, aparecen las estatuas de Martín Lutero, Felipe Melanchthon, Juan Calvino, Teodoro de Beza, John Knox, Martín Bucero, Ulrico Zuinglio y algunos otros. Además, en la parte superior del muro están cinceladas las palabras Post tenebras lux, «Después de las tinieblas, luz», que se convirtieron en el lema de la Reforma protestante del siglo XVI.

¿Qué era esta oscuridad, estas tenebras? Según la Reforma, las tinieblas se refieren a lo que le había sucedido a la Iglesia católica romana durante la Edad Media. La iglesia había experimentado un cambio constante en su comprensión del cristianismo bíblico, sobre todo en su comprensión de la salvación. Lo que se había desarrollado en Roma durante esa época es lo que llamamos sacerdotalismo: la idea de que la salvación se consigue principalmente a través del ministerio de la iglesia, a través del sacerdocio, y especialmente a través de la administración de los sacramentos. Este sistema de salvación, que se había desarrollado dentro de la Iglesia católica romana, entró en crisis con la Reforma del siglo XVI. Pero antes de examinar los incidentes históricos que provocaron esta crisis y las personas que Dios usó para llevarla a cabo, quiero hacer una distinción importante: los propios reformadores consideraban que su trabajo era de reforma, no de revolución. No veían sus actividades como una revuelta organizada contra la iglesia o contra el cristianismo histórico. En muchos sentidos, al igual que los profetas de Israel del siglo VIII y VII a. C., los reformadores consideraban que su tarea era llamar al pueblo de Dios a volver a sus orígenes. Querían que la iglesia volviera a sus formas originales y a la teología original de la Iglesia apostólica. Es decir, los reformadores no estaban tratando de crear algo nuevo.

Martín Lutero tenía veintiún años en 1504. Había completado su maestría en artes y se había matriculado en la escuela de derecho. Lutero ya se distinguía por su inteligencia a esa edad. Se había criado en el sistema educativo clásico, donde los estudiantes debían ser capaces de hablar latín con fluidez, pues esa era la lengua universitaria. Era la lengua de los especialistas en jurisprudencia, de los teólogos, de los médicos y de otros profesionales. Por lo tanto, la formación de Lutero para ser abogado le sirvió mucho a lo largo de su vida.

Si quieres hacerte una idea de cómo encaja la vida de Lutero en la historia de Occidente, imagínate esto: nació en 1483. Eso significa que tenía nueve años cuando Cristóbal Colón desembarcó en el Nuevo Mundo. El mundo occidental de esa época estaba experimentando todo tipo de cambios turbulentos.

Los padres de Lutero habían sido campesinos en Alemania, cerca del bosque de Turingia. Hans Lutero dejó el ambiente campestre para convertirse en minero. Tuvo tanto éxito en la industria minera de la región que, gracias a sus habilidades de administración y emprendimiento, logró convertirse en propietario de seis fundiciones y elevó la posición económica de su familia de forma considerable. Sin embargo, su gran sueño era la educación de su hijo Martín. Quería tener un hijo que fuera un abogado destacado, que se hiciera rico y que pudiera cuidar de sus padres cuando fueran ancianos. En los primeros años de formación de Lutero, todo avanzó muy bien en esta dirección. Martín tenía fama de ser muy brillante en el campo del derecho. Posteriormente, su papel en la Reforma protestante se vería muy beneficiado por su comprensión del derecho, pues tomó sus habilidades y su educación en el campo de la jurisprudencia y las aplicó al estudio de la ley bíblica.

La crisis que iba a cambiar la vida de Lutero, y que cambiaría el mundo para siempre, tuvo lugar en julio de 1505, cuando Martín iba de regreso a casa de la universidad. De forma súbita y en pleno día, se presentó una tormenta eléctrica muy severa. De repente, un rayo golpeó el suelo a pocos metros de donde estaba Lutero; cayó tan cerca de él que lo tiró a la tierra. Martín vio eso como un mensaje de Dios. Aterrorizado, gritó de miedo: «Ayúdame, santa Ana; me haré monje».

Dirigió esa súplica a santa Ana, madre de María, porque ella era la patrona de los mineros y ocupaba un lugar destacado en las oraciones cotidianas del hogar de Lutero. Así que, en este momento de crisis, Lutero clamó al cielo pidiendo la protección de santa Ana. En lealtad a ese voto, se mudó al monasterio agustino de la ciudad de Erfurt. Decidió ingresar a ese monasterio en específico porque era conocido por ser el más riguroso y exigente de las diversas órdenes monásticas, ya que reflejaba la solidez de su fundador, Agustín de Hipona.

Lutero se presentó ante la puerta principal del monasterio, fue recibido por el prior y se le hizo la pregunta que se le hace a todos los novicios: «¿Qué buscas?». «La gracia de Dios y la misericordia de ustedes», contestó Lutero. De esta manera, fue admitido como novicio en la orden. Al final del día de su ordenación, Lutero se convirtió en un monje, una ocasión cargada de más ironía que cualquier otro momento en la historia de la iglesia. La costumbre era que, cuando un hombre iba a ser ordenado al sacerdocio o a las órdenes monásticas, se colocaba frente a las escaleras del cancel del presbiterio. Debía postrarse en el suelo con los brazos extendidos, de manera que su cuerpo formara una cruz, todo eso vestido con prendas sumamente incómodas. En este estado de humillación, se efectuaba el proceso de ordenación. Entonces, ¿dónde está la ironía?

Para explicarlo, debo recordar una excursión por la Alemania de Lutero que dirigí hace unos años. Visitamos todas las ciudades importantes de la vida de Lutero. Fuimos a Eisleben, la ciudad de su nacimiento que, en la providencia de Dios, también terminó siendo la ciudad de su muerte. Fuimos a Wittenberg, donde enseñó en la universidad y colocó las noventa y cinco tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio. Fuimos a Worms, donde se celebró la Dieta Imperial en 1521. Fuimos a Leipzig, donde tuvo lugar un importante debate. Desde luego también visitamos Erfurt y el lugar donde Lutero fue ordenado. El año de nuestra visita estaban celebrando a Lutero y había retratos suyos colgados en todas partes de lo que, en aquel entonces, era Alemania Oriental. En todas las iglesias y en muchas vallas publicitarias, estaba el retrato de Martín Lutero con el fondo de una silueta de cisne. Pregunté por qué la imagen del cisne adornaba esos carteles con el retrato de Martín Lutero, y me enteré de que esa imagen se remontaba a los acontecimientos que habían ocurrido en Bohemia, en la ciudad de Praga. Un destacado profesor de aquella región había publicado obras en las que afirmaba que solo las Escrituras contenían la Palabra inspirada de Dios y que no podían ser igualadas por los edictos ni las enseñanzas de la iglesia. Por esta y otras doctrinas que enseñó, se metió en problemas con la iglesia establecida y fue juzgado como hereje. El nombre de aquel hombre era Juan Hus. La palabra hus en el idioma checo significa «ganso». Como no se retractó de sus escritos, el obispo presidente lo condenó a ser quemado en la hoguera. Cuando Hus estaba a punto de ser ejecutado, le dijo a ese obispo: «Podrán quemar a este ganso, pero después de mívendrá un cisne al que no podrán silenciar». Esa historia se hizo muy conocida en toda Europa. Así que, cuando Lutero apareció en escena, fue recibido como el cumplimiento profético de la idea de Juan Hus sobre el cisne que había de venir.

Esta es la ironía. Cuando Lutero se presentó frente a la escalera del presbiterio del monasterio de Erfurt para ser ordenado y se echó en el suelo con los brazos extendidos, estaba justo delante del altar; y delante del altar, bajo las piedras de la capilla, estaba enterrado el obispo que condenó a muerte a Juan Hus. Cuando Hus le dijo al obispo: «Podrán quemar a este ganso, pero vendrá un cisne al que no podrán silenciar», me gusta pensar que el obispo dijo: «iSobre mi cadáver!».

En sus años de juventud, Lutero solía tener una crisis más o menos cada cinco años. Lo del rayo llegó en 1505. Fue un rayo que cambió el mundo. Tuvo otra crisis en 1510, cuando visitó Roma, y una tercera en 1515, cuando comprendió el evangelio por primera vez en su vida. Sin embargo, primero tenemos que entender lo que le ocurrió cuando entró al monasterio.

Las cosas no estaban bien en su casa. Hans Lutero, su padre, estaba furioso con él por haberlo decepcionado y no continuar con la carrera de derecho. Cuando Lutero entró al monasterio, juró que se convertiría en el mejor monje que pudiera existir. Más tarde reflexionaría y diría: «Si alguien pudiera llegar al cielo a través del monacato, ese habría sido yo». Así que se comprometió con la rigurosa disciplina de la vida monástica. Durante el día, tenía programados varios momentos de oración que lo impactarían por el resto de su vida. Lutero fue un hombre disciplinado en la oración mientras vivió. Pero eso no era todo, también participaba en la práctica de la confesión diaria. Cada monje tenía un padre confesor con el que debía reunirse todos los días como parte de la disciplina religiosa. Lutero no daba más que disgustos a su padre confesor y a las demás autoridades del monasterio. Los otros hermanos confesaban: «Padre, he pecado en las últimas veinticuatro horas. Anoche codicié la cena del hermano Jonatán y me quedé despierto cinco minutos después de que se apagaran las luces». Confesaban sus pecados en cinco minutos, recibían la absolución y volvían a sus tareas en el monasterio. Sin embargo, el hermano Lutero iba y confesaba sus pecados de las últimas veinticuatro horas durante veinte minutos, media hora, una hora, y a veces dos o tres horas, hasta que el confesor se exasperaba con él y le decía: «Hermano Martín, no venga a mí con estas infracciones menores. Si va a pecar, deme algo que valga la pena perdonar».

Pero esa era la forma en que funcionaba la mente de Lutero. Era un estudioso de la ley. Estudiaba la ley con meticulosidad y esmero. Era consciente, por ejemplo, de que el gran mandamiento era amar al Señor su Dios con toda su alma y todas sus fuerzas, y amar a su prójimo como a sí mismo, y sabía que no había obedecido ese mandamiento ni siquiera una hora. Al aplicar toda la profundidad de la ley de Dios a su propia vida, lo único que veía era culpa. Lo impulsaba una pasión por experimentar un perdón real y duradero, pero esta pasión nunca se vio satisfecha en el monasterio.

Extraído del libro "Cómo un monje descubrió el evangelio: Lutero y la Reforma", de R. C. Sproul.