Sola fide simplemente significa «por la fe sola». Recordemos que la comunión romana también afirma que la fe es necesaria para la justificación. Según Roma, la fe es una condición necesaria pero no suficiente; no puedes tener justificación sin fe, pero puedes tener fe sin justificación. Es por esto que la controversia entre Martín Lutero, los otros reformadores magisteriales y Roma se centró en esta palabra sola, en que la justificación es por la fe sola. Ahora bien, los lemas a veces simplifican demasiado las cosas. La gente podría preguntarse: ¿acaso no es necesario también arrepentirse para ser justificado? Sí, por supuesto. Pero en el concepto reformado de la fe, el arrepentimiento ya está entendido como una parte esencial de la fe que justifica. El término sola fide no es más que una abreviación de la idea de que la justificación es por Cristo solo, que ponemos nuestra fe en lo que Jesús ha hecho por nosotros, y que, al poner nuestra fe en Él, encontramos nuestra justificación.
Podemos tratar de enunciar las distintas fórmulas del siglo XVI. El punto de vista católico romano sería más o menos así: fe más obras es igual a justificación. (El antinomianismo, que abunda incluso en el evangelicalismo estadounidense, cree que la fe es igual a justificación menos obras). El punto de vista bíblico y reformado es que la fe es igual a justificación más obras. Ahora bien, fíjate en el lado de la ecuación en que aparecen las «obras». Ninguna obra que hagamos como cristianos le añade algo al fundamento de nuestra justificación. Dios no nos declara justos por las obras que hagamos. Es por la fe y por la fe sola que recibimos el don de la justificación. Pablo escribe: <<Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se calle y todo el mundo sea hecho responsable ante Dios. Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado» (Ro 3:19-20).
Postura católica romana de la justificación:
Fe + Obras = Justificación
Postura antinomiana de la justificación:
Fe = Justificación - Obras
Postura reformada de la justificación:
Fe = Justificación + Obras
Luego, Pablo explica con más detalle la doctrina de la justificación contrastándola con las obras de la ley:
Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, confirmada por la ley y los profetas. Esta justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo es para todos los que creen. Porque no hay distinción, por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios.
Todos son justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe, como demostración de Su justicia, porque en Su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús (Ro 3:21-26).
En el capítulo 3, hablamos de la experiencia de Martín Lutero en la torre, una crisis que ocurrió cuando estaba preparando sus lecciones sobre la carta de Pablo a los Romanos. Lutero llegó a entender que la justicia por la que somos justificados, la justicia de Dios, no es la justicia con la que Dios mismo es justo, sino la justicia que Él les da a los pecadores que la reciben por la fe. Ahora bien, al centro de la controversia del siglo XVI estaba esta pregunta: ¿cuál es la base por la que Dios declara a alguien justo ante Sus ojos? Básicamente, Pablo plantea la pregunta que aparece en el Salmo 130:3: «SEÑOR, si Tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿Quién, oh Señor, podría permanecer?». Es decir, si tuviéramos que presentarnos ante Dios basándonos en Su perfecta justicia y en Su juicio perfecto de nuestro desempeño, ninguno de nosotros podría permanecer en pie. Caeríamos porque, como dice Pablo, nadie alcanza la gloria de Dios (Ro 3:23). Por lo tanto, esta es la pregunta apremiante de la justificación: ¿cómo es posible que una persona injusta sea justificada en presencia de un Dios justo y santo?
En el capítulo 8, identificamos la posición católica romana como justificación analítica. Las afirmaciones analíticas son ciertas por definición: «Dos más dos son cuatro» o «Un soltero es un hombre que no se ha casado». No hay nada en el predicado que no esté contenido en el sujeto. No se entrega ni se añade información nueva en el análisis del tema. En la postura romana sobre la justificación, Dios declara justas a las personas solo cuando, bajo Su análisis perfecto, encuentra que esas personas son justas, que la justicia es inherente en ellas. Recuerda, nadie puede tener esa justicia sin la fe. Es imposible tenerla sin la gracia. Es imposible tenerla sin la asistencia de Cristo. Sin embargo, con todos esos ingredientes, finalmente, debe haber justicia verdadera en el alma de la persona antes de que Dios la declare justa.
La postura reformada es que la justificación es sintética y no analítica. En un enunciado sintético, se agrega algo nuevo en el predicado que no está contenido de forma analítica en el sujeto. Si te dijera: «El soltero era pobre», te estaría diciendo algo nuevo en la segunda parte de la oración que no está contenido en la simple palabra <<soltero>>, pues, aunque todos los solteros son hombres que no están casados, no todos los solteros son pobres. Hay solteros ricos que no se han casado. Así, cuando hablamos de la pobreza o la riqueza, eso no es algo que sea inherente de forma automática en la idea de la soltería. Estamos diciendo algo nuevo. Hay una síntesis, por así decirlo, algo que se ha añadido al sujeto.
La postura reformada sobre la justificación es que cuando Dios declara que una persona es justa ante Sus ojos, no es por lo que encuentra en esa persona bajo Su análisis, sino que es sobre la base de algo que se le añade a esa persona. Lo que le ha sido añadido a esa persona es la justicia de Cristo. Lutero insistió en que la justicia por la que somos justificados es extra nos, fuera de nosotros o externa a nosotros. También la llamó justicium alienum, es decir, justicia ajena. No es una justicia que nos pertenezca propiamente hablando, sino una justicia que es ajena a nosotros. Viene de fuera de la esfera de nuestro propio comportamiento. Con estos dos términos, Lutero habló de la justicia de Cristo.
Ahora bien, si hay una palabra que fue central en el frenesí de la controversia del siglo XVI y sigue siendo central para el debate incluso hoy, es la palabra «imputación». En realidad, no podemos entender de qué se trató la Reforma sin comprender la importancia central de esta palabra. Se celebraron muchas reuniones después de la Dieta de Worms para tratar de reparar el cisma que se estaba produciendo. Los teólogos de persuasión romana se reunieron con los teólogos reformados magisteriales para tratar de resolver las dificultades y preservar la unidad de la iglesia, pero la única palabra que no pudieron superar fue «imputación». ¿Cuál era esa dificultad tan apremiante?
En Romanos 4, cuando Pablo explica la doctrina de la justificación, se remite al patriarca Abraham en Génesis 15: <<Y CREYÓ ABRAHAM A DIOS, Y LE FUE CONTADO POR JUSTICIA» (Ro 4:3). Abraham seguía siendo pecador. En todo el relato de la vida y las acciones de Abraham, la Escritura revela que aún tenía pecado. Sin embargo, Dios lo consideró justo porque creyó en la promesa. En este sentido, «imputar>> significa <<<transferir legalmente a la cuenta de alguien». Por lo tanto, Pablo dice que Dios se refirió a Abraham como justo o lo consideró justo aunque en sí mismo Abraham todavía no era justo. Esto es muy distinto de la idea católica romana de la infusión de la gracia, en la que, según ellos, la gracia de Dios es derramada en el alma del creyente mediante los sacramentos y, sobre la base de esa justicia infundida, esa persona se vuelve inherentemente justa, por lo que Dios la juzga justa.
Por otro lado, Lutero y el resto de los reformadores creían que el fundamento de nuestra justificación es que Dios imputa la justicia de otra persona a nuestra cuenta. Desde luego, lo imputado a nuestra cuenta es la justicia de Cristo. La célebre fórmula que usó Lutero es simul justus et peccator. Con esta fórmula, Lutero expresa que somos, al mismo tiempo, justos y pecadores. En un sentido, somos justos. En otro sentido, desde otra perspectiva, somos pecadores. En nosotros mismos, bajo el análisis del escrutinio de Dios, seguimos teniendo pecado; seguimos siendo pecadores. Pero por la imputación y por medio de la fe en Jesucristo, cuya justicia ahora es transferida a nuestra cuenta, somos considerados justos.
Este es el mismísimo corazón del evangelio. ¿Seré juzgado por mi justicia o por la justicia de Cristo? Si tuviera que confiar en mi justicia para entrar al cielo, perdería toda esperanza de ser redimido. Sin embargo, cuando vemos que la justicia que es nuestra por la fe es la justicia perfecta de Cristo, vemos cuán gloriosas son las buenas nuevas del evangelio. La buena noticia simplemente es esta: puedo ser reconciliado con Dios. Puedo ser justificado por Dios, pero no sobre la base de lo que yo hago, sino sobre la base de lo que Cristo ya hizo por mí.
Es extraño que la Iglesia romana haya reaccionado de un modo tan negativo a la idea de la imputación, pues en su propia doctrina de la expiación enseña que nuestros pecados le son imputados a Jesús en la cruz; de lo contrario, la muerte expiatoria de Jesús por nosotros no tendría valor. Por lo tanto, la idea de la expiación está presente en la teología católica romana. No solo está presente, sino que, además, cuando hablan de ganar indulgencias mediante la transferencia de méritos del tesoro de los méritos, ¿cómo se reciben esos méritos, sino por imputación? Pero en el corazón del evangelio hay una doble imputación: mi pecado le es imputado a Jesús; Su justicia me es imputada a mí. En esta doble transacción vemos que Dios, que no negocia el pecado, que no transa Su propia integridad en nuestra salvación, sino que castiga el pecado de forma plena y real después de que le ha sido imputado a Jesús, retiene Su propia justicia. Él es el justo y el que justifica (Ro 3:26).
Mi pecado va a Jesús. Su justicia viene a mí ante los ojos de Dios. Vale la pena morir por esto. Por esto, vale la pena dividir la iglesia. Este es el artículo sobre el que la iglesia se sostiene o cae porque es el artículo sobre el que yo me sostengo o caigo y el artículo sobre el cual tú te sostienes o caes.
Extraído del libro "Cómo un monje descubrió el evangelio: Lutero y la Reforma", de R. C. Sproul.
